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22 dic. 2011

Bartleby, el escribiente

Herman Melville fue un escritor norteamericano nacido en 1819. Es mundialmente famoso por haber escrito la más famosa aún novela Moby-Dick, que trata sobre el monstruo marino que no perdona una ofensa. Pero Melville también es muy conocido por un relato extraordinario que publicó en 1853: Bartleby, el escribiente.
Esta magistral obrita está narrada en primera persona por un abogado que tiene sus oficinas en Wall Street, donde le ayudan con su trabajo dos copistas y un mandadero. El número de copistas termina por ser insuficiente para la cantidad  de documentos que son necesarios copiar y el narrador se ve en la necesidad de poner un anuncio para hacerse de un empleado más.
Es así como recluta entre sus filas a Bartleby, un extraño personaje que nada tiene que ver con el prototipo de héroe oscuro de hoy en día, que a pesar de su gris apariencia resulta ser la eficiencia personificada. El abogado no puede más que mostrarse satisfecho con la rapidez y la calidad del trabajo de su nueva adquisición, hasta que un buen día algo extraño ocurre: Bartleby es requerido por su jefe y responde dejándolo frío con la absurda frase: “Preferiría no hacerlo”.
Lo que hace genial a la obra no es la reacción de Bartleby, sino la del narrador. El copista no es más que un personaje del que nada se sabe y quien se limita de allí en adelante a negarse a hacer cualquier cosa con la misma frase que poco a poco va causando miedo al narrador. Éste, a lo largo de la obrita, experimenta diversos tipos de sentimiento hacía Bartleby. Al principio el de admiración por su buen trabajo, después le viene la molestia cuando el copista recurre por primera vez a su frase “Preferiría no hacerlo”.
Cuando ya son demasiadas las veces que Bartleby prefiere no hacer lo que se le ordena, su jefe decide despedirlo, pero Bartleby prefiere no irse de allí. Y no se va ni de noche ni de día. Entonces el narrador empieza a odiarlo porque sencillamente no puede deshacerse de él.
Tan mal se ponen las cosas que el narrador decide mudar su oficina a otra parte. Pero el copista no está dispuesto a irse ni siquiera cuando llegan los nuevos inquilinos, quienes tienen menos paciencia que el narrador y por tal razón Bartleby es denunciado ante la policía. Cuando se lo llevan a la cárcel, el copista ya no puede valerse de su frase “Preferiría no hacerlo” y termina encarcelado, pero su situación no parece importarle en lo más mínimo.
El narrador, que ya por fin se ha librado del gris copista, experimenta un nuevo sentimiento hacía él. Va a buscarlo a la cárcel y se identifica como su amigo. La situación de Bartleby lo conmueve a tal grado que decide ayudarlo. Pero ya nada puede hacerse porque entre las muchas cosas que Bartleby ha decido no hacer, está la de alimentarse.
Al final el lector no puede evitar sentir compasión por el desventurado copista, pero no por su conducta absurda que lo lleva a su perdición, sino por lo que el narrador expresa al contemplarlo. Bartleby representa lo absurdo e irracional, y su comportamiento viene a ser demasiado ficticio, pero el narrador representa sentimientos muy humanos, tales como la tolerancia y la compasión.
Conforme se recorren las breves páginas de la obra, el lector se da cuenta de que el protagonista no es, a pesar de todo, Bartleby, sino el narrador. El abogado de Wall Street, lejos de echar a patadas al oscuro personaje que le hace perder dinero y tiempo, trata, sin poder, de comprenderlo y termina de alguna forma adoptándolo al intentar convertirse en su protector.
Bartleby, el escribiente es considerado uno de los mejores relatos de la literatura universal. El honor se lo ha ganado, indudablemente, por meritos propios. Aunque, por si le faltara algo para que sea buscado por los lectores, una de sus traducciones al español, sin duda la más conocida, la realizó el celebre escritor argentino Jorge Luis Borges, el nunca galardonado con el Nobel de Literatura y, según la creencia de muchos, merecedor indiscutible. 

17 dic. 2011

El hombre de los círculos azules

Hace poco reseñé Sin hogar ni lugar, una extraordinaria novela policíaca de la francesa Fred Vargas, y debo confesar que aquélla es mejor que la de hoy, El hombre de los círculos azules,  pero tal cosa se debe a que esta última la escribió primero, en 1991, y aun así por su calidad no queda mucho a deber, porque, como novela negra que es, algo tiene de interesante.
Ésta es la primera novela que protagoniza el comisario Jean-Baptiste Adamsberg -se nota que Vargas gusta de dar apellido alemán a sus protagonistas-, un personaje callado, meditabundo, que a simple vista parece ser bastante común y que no se preocupa por demostrar lo contrario.  
Adamsberg es el único policía que se inquieta ante los extraños círculos azules que aparecen en las calles de París, encerrando un objeto insignificante y con la extraña interrogante: Víctor mala suerte, ¿qué haces afuera? Para todos sólo se trata de las bromas de un loco que quiere llamar la atención y no le dan mayor importancia aparte de concederle cierto ingenio. Pero Adamsberg ve allí la antesala de asesinatos, no sabe explicar por qué, pero esos círculos le causan temor.
Cuando ya algunos sentían simpatías por el misterioso delineante nocturno, ocurre lo que el comisario temía y esperaba: aparecen víctimas sustituyendo a los objetos sin importancia que anteriormente encerraban los círculos. Adamsberg no la tiene nada fácil, el asesino es bastante cauteloso y tan hábil como para asesinar a alguien y encerrar el cuerpo en un círculo azul casi delante de las narices de la policía. Pero el meditabundo comisario, sin invitar al lector a que lo siga como hacen otros investigadores ficticios -lo que en parte descompone, sin duda, la novela- va juntando poco a poco las piezas del rompecabezas para dar con un psicópata muy bien escondido.
Es inevitable darse cuenta de que Vargas cuando escribió esta novela todavía no encontraba la forma de hacer las extraordinarias obras que después empezaría a publicar y que le han acarreado una muy merecida fama como maestra del género negro. Quien quiera leer sus mejores obras, de una vez le aviso que ésta no es una ni de lejos, y mejor será que busque novelas como la ya mencionada Sin hogar ni lugar o La tercera virgen. Pero, como ya dije, la obra que hoy nos ocupa, sin ser ni buena ni mala, algo tiene de interesante. 

14 dic. 2011

El guardián entre el centeno

Hoy toca el turno a esta pequeña obra maestra que salió a la luz a mediados del pasado siglo y que rápidamente, ayudada por la polémica que desató, pasó a ocupar su merecido lugar entre las mejores novelas estadounidenses de todos los tiempos. El guardián entre el centeno es producto de la imaginación del autor J. D Salinger (Nueva York 1919  – Nuevo Hampshire 2010) y también su obra más famosa, más, incluso, que él mismo.
El protagonista es Holden Caulfield, un adolescente neoyorquino que más que narrar su historia nos cuenta, con vivencias y anécdotas, la razón por la cual desprecia tanto a la sociedad. Holden es hoy día el típico joven desubicado con unos cuantos cables mal conectados que no está contento ni con él ni con nadie. Todo lo deprime a la vez que lo acobarda y enfrenta  los problemas como mejor puede, la mayoría de las veces huyendo de ellos. 
El único rasgo quizás coherente en Holden es su deseo de proteger a los indefensos, a los ingenuos y más aún a los niños, quizás porque su hermano pequeño murió y a la única persona que adora en el mundo es a su hermana de diez años. Por ello Holden, ya casi un hombre, sólo ve un posible oficio para él: vigilar a los niños para que no caigan en un precipicio, por pequeño que sea, pero un precipicio real, no como en el que ha caído él desde no se sabe cuándo y del cual no puede salir. 
Esta novela no nos ofrece una historia, nos da en cambio la visión de un joven destrozado por dentro y difícil de reconstruir. A Holden por fuera no le pasa nada relevante: grita, pero no con coraje, recibe golpes, pero no pelea, paga por miedo a una prostituta, pero no se atreve a tomar lo que ha comprado, y también ama, a su modo, pero sería incapaz de comprender y de aceptar lo que siente y más aún de sentirse digno de ser amado. Holden es, a fin de cuentas, un adolescente con cuerpo de hombre, conducta de niño y alma de torturado, y por ello El guardián entre el centeno es una novela que sin hablar prácticamente de nada importante, cala en lo más hondo. 

10 dic. 2011

El padre Sergio

Aunque este blog no está dedicado exclusivamente a la narrativa rusa del siglo XIX, debo de confesar que siento cierta debilidad por ésta. La obra que hoy nos ocupa es una pequeña novela de León Tolstói llamada El padre Sergio, escrita en el crepúsculo del siglo en que los escritores rusos superaron a sus colegas de todo el mundo, aunque, justo es decirlo, no con mucho.
Stepán Kasatski es un joven militar aristocrático ruso con una ambición que se lo come por dentro. Quiere ser el mejor en todo y pone su mayor empeño para lograrlo, el mismo que lo lleva al éxito. Cuando descubre que para meterse entre la más alta nobleza, donde le han cerrado las puestas, requiere de una esposa bien situada, pone el ojo en una bella y joven condesa que no tendría por qué aceptarlo a él, pero, sin embargo, lo acepta.
Cuando el compromiso ya está hecho, y Stepán más que feliz, su prometida le revela que ha tenido un amante y que ese amante es el mismísimo Zar. Desilusionado y herido en lo más hondo, Stepán renuncia a todo y se convierte en monje. Pero esta nueva actitud, a pesar de que revela su deseo de aislarse, también obedece a una nueva ambición de Stepán: la de estar moralmente por encima de aquéllos que sucumben a las tentaciones terrenales.
Precisamente para alejarse de las tentaciones que no lo dejan en paz, después de haber sido ordenado padre con el nombre de Sergio, decide aislarse por completo y se encierra en una celda de un escondido monasterio. Pero ni siquiera allí logra calmar sus ánimos tan típicos en el ser humano.  Al pasar algunos años, y después de resistir la tentación que le provocó una dama divorciada que entró a su celda con las mejores intenciones del mundo, el padre Sergio cobra fama en toda Rusia y los peregrinos acuden a él en estampida pidiéndole que les haga el milagro de curarlos.
El Padre, aunque trata de resistirse, disfruta de la gran importancia que le profesan y no desestima la posibilidad de llegar a santo, como ya lo llaman sus fieles. Pero repentinamente llega hasta él un mercader con su joven hija para que la cure, y el Padre, después de tanto soportar, decide combatir la tentación de la forma que le habría recomendado Oscar Wilde, es decir, sucumbiendo a ella.
A la mañana siguiente, torturado por su debilidad, el padre Sergio huye y poco después encuentra entre sus recuerdos a una amiga de su niñez, Páshenka, de quien se había burlado injustamente en aquella lejana infancia. Decide ir a buscarla de manera anónima, pidiendo limosna en los pueblos hasta librar la larga distancia que lo separa de su vieja amiga. Sergio encuentra a Páshenka entregada por completo al sacrificio, como madre, abuela y sostén de su familia, sin protestar siquiera por su situación y su larga vida llena de sufrimiento. Es entonces cuando Sergio se hace una pregunta que no tarda mucho en responderse: ¿quién ha servido más a Dios, Páshenka entregada por completo a aquéllos que la necesitan, o él, encerrado y limitándose a no dar más ayuda que consejos?
El padre Sergio es una pequeña novela que cuestiona sutilmente las ataduras que generan los prejuicios y nos lleva a creer que sin importar lo que hagamos y la satisfacción que ello nos genere, la duda siempre estará presente. 

8 dic. 2011

El animal moribundo

Que Philip Roth es el mejor novelista norteamericano lo aseguran casi todos los críticos y, justo es decirlo, es muy probable que no se equivoquen; su prosa es sencillamente extraordinaria, pero no por ello todas sus novelas tienen que ser buenas. 
El animal moribundo, publicada en el 2001, es una novela que podríamos catalogar como erótica y que invita a creer que Roth la escribió en unas cuantas noches sin detenerse a revisar la estructura. Según puede verse, la fue escribiendo como le fue saliendo de la mente sin haber hecho antes algunos apuntes para que le sirvieran de guía. En esta obra recurre a un antiguo personaje muy suyo, David Kepesh, un viejo y calenturiento profesor universitario que utiliza su apariencia de hombre culto para seducir a sus alumnas.
Kepesh tiene su plan ya muy bien trazado para cada curso: desde el principio pone el ojo en la alumna más bella y al final la hace caer en sus redes. Un buen día se encuentra en una de sus clases a Consuelo Castillo, una bellísima joven cubana-americana que lo enciende al instante. Cauteloso como le dicta su experiencia, se toma su tiempo para ir seduciendo a la hermosa cubana que a fin de cuentas no tarda mucho en ceder. Pero la tortura para Kepesh no empieza antes de lograr seducirla sino cuando ya ha conseguido llevar a Consuelo a su cama. Ella es una joven llena de energías y con su libido en pleno apogeo, en cambio, Kepesh, es un viejo que ya pide pausas.
Pronto inician las dudas, las preguntas sobre los antiguos novios que eran jóvenes y que estaban llenos de energía, y es el propio Kepesh el que decide alejarse de Consuelo a la manera del soldado que se rinde antes de que lo maten porque sabe que no tiene salvación.
Roth se pasa la novela filosofando con esa prosa suya que es única y extraordinaria. Por lo demás, la historia es de mediana calidad con un final sin pena ni gloria. Sencillamente, lo que hace que valga la pena el libro es el estilo del autor, sobre el cual la calidad no puede cuestionarse.

7 dic. 2011

El Conde de Montecristo

La novela más conocida de Alexandre Dumas es, sin duda, El Conde de Montecristo. Y más famosa es que, por ejemplo, Los tres mosqueteros. Quizás, sencillamente, porque es mejor. 
Pero la fama y el gran número de lectores que tiene la novela no radican precisamente en que sea una magistral obra digna de perderse uno con ella en una isla desierta. Por allí no va la cosa.  El Conde de Montecristo gusta por lo que es, no como obra literaria, sino como historia. 
Edmond Dantés, el protagonista, es un joven marsellés veinteañero que tiene la buena suerte de poseer una inteligencia por encima del promedio, un corazón noble y una novia guapa. Bastante para que los envidiosos puedan soportar. A pesar de ser pobre, y de tener que ocuparse de su anciano y enfermo padre, hay quienes odian a Dantés por tener lo muy poco que tiene.
En los días de la primera caída de Napoleón, una malintencionada mentira basta para desgraciarle la vida a alguien. Y Dantés, un hombre bueno e inocente que piensa que todos aquéllos que lo rodean son sus amigos, no la ve venir. Sus “amigos” lo acusan de ser un bonapartista, y el ingenuo joven va a terminar en un miserable calabozo del Castillo de If. Grita, suplica, llora e intenta suicidarse, pero la puerta no se abre. 
Hasta allí la historia quizás no guste mucho. No por lo menos a todo el que piensa que la vida debe de ser justa. Pero por fortuna para Dantés y para los lectores, lo que sí se abre es el piso. Y de allí sale un culto y políglota anciano que, por si eso de atrás fuera poco, también sabe dónde está oculto un incuantificable tesoro. 
Y, después de casi haber perdido la razón, trece años después de haber llegado al calabozo, sale de la prisión -o más bien se escapa-, el que será con el tiempo el magistral conde de Montecristo, un hombre tan rico, tan sabio y tan políglota que hasta los personajes más importantes de París llegan a sentirse pequeños a su lado. 
La importancia de la novela no radica en su valor literario, sino en que Dantés viene a ser el hombre que todos aquéllos que son victimas de una injusticia quisieran llegar a ser. 
A la cárcel llega un joven pobre y poco cultivado, y sale de ella todo un señor que logra hacer creer a sus enemigos que el infeliz Dantés ha muerto y que él es para ellos un poderoso amigo al que tuvieron la fortuna de conocer.
Una vez que tiene en sus manos a los culpables de su desgracia, el Conde empieza a aplastarlos sin que ellos puedan hacer el menor movimiento para defenderse. Así es como Dantés representa al héroe que casi salió de la tumba para ir a hacer justicia no cazando a sus enemigos para apuñalarlos escondido en la noche, sino con un descomunal poder que le permite jugar a placer con ellos.
Después de Dumas muchos han escrito historias muy similares a la de Dantés, que retratan a pobres infelices a quienes la sociedad trata muy mal y después de que los usa para fregar el piso, ellos vuelven irreconocibles para ajustar cuentas con sus propias reglas. 
La historia de Edmond Dantés tal vez no sea una de las mejores novelas de todos los tiempos -aunque para todos hay gustos-, pero sí es quizás una de las mejores venganzas de la literatura. Y allí es donde radica su éxito.

6 dic. 2011

La conjura de los necios

Detrás de La conjura de los necios, una de las novelas norteamericanas más famosas del pasado siglo, existe una historia demasiado interesante, aunque triste. Su autor, John Kennedy Toole, jamás logró verla publicada, porque murió demasiado joven.
Toole, nacido en Nueva Orleáns en 1937, escribió la novela a principios de la década de los 60s, y trató infructuosamente de que una editorial le diera la oportunidad de publicarla. Fueron varios años de rechazo tras rechazo y finalmente Toole ya no pudo soportar lo que le parecía un hecho: que su novela no sería publicada. Ésa, se cree, fue la causa de su suicidio en 1969.
Una vez desaparecido el autor, su madre encontró la novela y se dio a la tarea de leerla. En 1976, el novelista Walter Percy empezó a ser acosado por una mujer que pretendía que leyera la novela que había escrito su hijo, muerto hacía varios años. Percy se negó, pero la madre de Toole continuó insistiendo hasta que a él no le quedó más remedio que leerla con la esperanza de poder decirle después del primer párrafo que la novela era muy mala.
Según sus propias palabras, se llevó una gran sorpresa. Llegó incluso a preguntarse cómo era posible que la novela fuera tan buena. Gracias a Percy, La conjura de los necios fue publicada en 1980,  un año después ganó el Pulitzer y en Francia fue reconocida como el mejor libro extranjero. Acompañado a los reconocimientos le vino un enorme éxito editorial que aún perdura.
Pero la fama de la novela llegó cuando hacía mucho que su creador se había cansado de esperar y quienes se enamoran de ella tienen que conformarse con que no hay más. El final invita al lector a esperar una segunda parte que no existe. Cierto que Toole escribió una obra antes de La conjura de los necios llamada La Biblia de neón, la cual tiene notoria calidad y más si se toma en cuenta que su autor en el momento de escribirla era un adolescente.
Toole se hizo buena fama de hombre serio y reservado. Algunos creen que eso se debió a la férrea protección que le dio su madre por ser hijo único. Ese carácter por el cual se le conoce, va muy bien con su primera obra, La Biblia de neón, que retrata la solitaria y triste vida de un niño hasta llegar a la adolescencia, pero no cuadra en lo más mínimo con su superventas, que es una novela humorística.
La conjura de los necios nos muestra al extravagante y atípico Ignatius J. Reilly,  un treintañero antisocial de Nueva Orleáns que vive aún con su madre y que detesta trabajar. Ignatius se cree un genio, y el mundo no le gusta tal como es, porque considera que las normas morales ya no existen y que lo mejor es volver al modelo de vida medieval con un completo control de la Iglesia católica sobre el comportamiento de los seres humanos. Para su fortuna, no tiene la necesidad de lidiar con la sociedad a la que tanto critica porque su madre, aunque a duras penas, lo mantiene, pero un accidente obliga a Ignatius a salir y buscar un trabajo. En las calles de Nueva Orleáns se cruza accidentalmente con personajes tan atípicos como él con sus propias historias, y de alguna forma el destino y el propio Ignatius se encargan de unirlas y de desatar un caos mayor que el que ya tenía cada uno por separado.
Las extrañas circunstancias en las que se publicó la novela, su comicidad, que en un principio seduce, y los premios que acompañaron a su descomunal éxito, hacen que sea difícil encontrar de ella una reseña negativa. Pero lo cierto es que la novela a pesar de todo es mala. En un principio parece que va a ser buena, paginas después la impresión cambia y se predice que será extraordinaria, pero por la mitad es imposible no darse cuenta de que la novela empieza a perderse. La realidad es que al autor se le cayó la obra encima y la terminó como mejor pudo, e indudablemente salió a deber. Al principio el extraño carácter de Ignatius,  sus discusiones con su madre y con todos los que lo rodean, tienen sentido, pero cuando éstas se prolongan de la misma forma por toda la novela, es difícil no aburrirse. A eso es necesario añadirle la gran cantidad de anécdotas que le ocurren a Ignatius y que no encajan para nada en el final, algo que también decepciona.
Algunos tratan de tapar los defectos alegando que la muerte del autor impidió que hubiera una segunda parte, como queda claro al final, pero aun si se hubiera escrito una continuación, la novela seguiría siendo lo que es: una novela mala que al principio parece que va a ser buena. 

5 dic. 2011

Sin hogar ni lugar

En días pasados hablé de dos novelas policíacas malas, así que ya tocaba reseñar una buena, pero, ya encarrilado, mejor dedico la entrada a una que no es buena, sino extraordinaria. Se trata de Sin hogar ni lugar, publicada en 1997, y se la debemos a la francesa Fred Vargas, una verdadera maestra del genero que entre más escribe más buena se hace, como debe de ser.
Ludwig Kehlweiler, un ex policía francés con, como puede verse, nombre alemán, se dedica a pasar de la lengua de su padre a la lengua de su madre una biografía del Canciller de Hierro sin prestar atención a un artículo del diario que anuncia el terrible asesinato de una mujer, el segundo con el mismo modus operandi en muy pocos días. Por la madrugada, una vieja amiga suya lo busca con urgencia para contarle una historia. Marthe, la amiga, en su juventud fue prostituta y llegó a tomarle gran cariño a un chiquillo que mal vivía en la misma calle donde ella sellaba sus contratos.
El chiquillo en cuestión, de nombre Clément,  apenas podía expresarse por su condición de retrasado. Marthe dedicó su tiempo libre a ocuparse de él y no sin esfuerzo lo enseñó a hablar y a leer, aunque no tan bien como hubiera querido. Pero un día el padre se lo llevó y tres lustros después Clément, ya todo un hombre, acude a ella en busca de ayuda porque la policía tiene la seguridad de que él mató a dos mujeres.
Ludwig, o Louis, o el Alemán, según quien se refiera a él, se deja llevar por las evidentes pruebas y cree que sólo Marthe por su amor maternal confía en la inocencia de Clément, pero tampoco puede ignorar que si éste es tan idiota como a simple vista parece, no podría ser el asesino ni por accidente. Y si Clément no es el asesino, entonces alguien que lo odia está tratando de inculparlo, pero ¿quién y por qué podría odiar a un pobre infeliz que de milagro no se mete el pan por la nariz?
El Alemán, con más deseos de demostrarle a su vieja amiga que su niño es un asesino que de probar su inocencia, se pondrá a indagar en el pasado de Clément, donde descubrirá que hay más crímenes relacionados con él que ya están archivados y sin resolver. Llegará a preguntarse no pocas veces si el débil mental es realmente tan idiota como aparenta.
Esta novela es tan buena que es adictiva. Quien gusta del género no podría con facilidad despegarse de ella una vez leídas las primeras páginas. El argumento está bastante bien concebido y si hay errores son mínimos y no demeritan en nada la gran calidad. Vargas logra tejer una enmarañadísima trama y jamás deja que el lector se incline demasiado por alguno de los varios sospechosos, lo cual se agradece, porque así la novela se disfruta de principio a fin. 

3 dic. 2011

Los últimos días de Pompeya

Edward Bulwer-Lytton nació en Londres en 1803 y publicó Los últimos días  de Pompeya, su obra más famosa, cuando apenas pasaba los treinta años. Se trata de una  novela histórica cuya trama se sitúa poco antes de que la ciudad de Pompeya perezca por obra y gracia de la Naturaleza. El titulo provoca que el lector dé vuelta a las últimas páginas más interesado en llegar al momento en que empieza a moverse el piso que en ver cómo el malo encuentra su merecido.
El protagonista es un joven y buen mozo griego, bastante acaudalado, llamado Glauco. Aparte de sus cualidades heredadas, el joven griego es de nobles sentimientos, amigable y dadivoso y también un poco ingenuo que se pasa los días añorando la belleza que alguna vez tuvo su patria natal.
Glauco queda impactado al conocer a una joven y hermosa compatriota suya de nombre Dione, que, pese a todo lo anterior, tiene el terrible defecto de que su tutor es un poderoso y malvado egipcio que la quiere para sí y que está dispuesto a eliminar a todo aquél que intente arrebatársela. Arbaces, que es el nombre del hijo de país del Nilo, es un villano con sobrados recursos, bien concebido por el autor y quizás el personaje que mejor le resultó de todos.
En el choque de rivales  por el amor de Dione, el griego no sabe ni por dónde le llega el golpe y poco puede alegar en su defensa cuando es encerrado por el asesinato del hermano de la mujer de sus sueños. A pesar de su condición acaudalada, su otra condición de extranjero le impide utilizar sus recursos para evitar ir a entretener a los leones en el anfiteatro.
Pero que nadie se espante, la verdad sale a la luz antes de que un león ponga sus garras en el cuello de Glauco y él todavía tiene tiempo para escapar de Pomoeya junto con Dione mientras el suelo tiembla bajo sus pies. No podía ser de otra forma en una novela del periodo del romanticismo.
Con todo, la trama exige a veces un poco de ingenuidad para aceptarla tal como se desarrolla, siendo más sobresaliente que la historia de amor la de un joven gladiador de nombre Lydon que quiere llegar a la cima de su oficio para tener dinero y así poder comprar a su padre que es esclavo. Al no poder ganar un combate, y aunque el edil reconoce su valor y le perdona la vida, Lydon, sabiendo que ya no podrá liberar a su anciano padre, se abalanza contra su enemigo y encuentra la muerte.
Para los amantes de la novela histórica, ésta puede resultarles bastante agradable; las descripciones de la vida y la arquitectura de la época están muy bien detalladas y no decepcionarían a nadie. Pero para quien busca sólo una buena historia para leer quizás no sea lo más indicado.

2 dic. 2011

El caso del cadáver sonriente

Paco Piquer Vento (Valencia 1945) ganó con esta novela el X Premio Francisco García Pavón de Narrativa, y después de terminar de leerla no puede uno evitar fruncir el ceño. En fin, allá los jueces y su conciencia.
Pero a lo que voy: la novela, francamente, no es tan mala, de que hay peores ni dudarlo; lo cierto es que ni de lejos es buena y calidad para ganar un concurso no posee. Medio entretiene, a veces hace reír un poco y de ahí no pasa. Pero antes de seguir acuchillándola, será mejor hacer una breve reseña.
En la cámara frigorífica de un restaurante barcelonés de comida japonesa aparece un cadáver descalzo, muy sonriente y sin huellas de violencia. Prudencio Lavandeira (sí, así se llama), un ex policía reciclado como detective privado que investiga casos de infidelidades para poner fin a matrimonios, ve allí la posibilidad de dejar en ridículo a aquéllos que arruinaron su carrera.
Lavandeira empieza a investigar por su cuenta tratando de ir un paso, o los que pueda, adelante de la policía. No tiene auto, no les ve utilidad a los teléfonos móviles y no lleva consigo una pistola porque en sus anteriores investigaciones no corría peligro, pero aun así no está dispuesto a dejar pasar la oportunidad que se le presenta para obtener un poco de venganza.
Pronto entabla amistad con Niruhito Maremoto, un catalán que parece japonés y que se gana la vida como cocinero en el restaurante donde hallaron al muerto. Y allí mismo Niruhito encuentra una bolsa con diamantes que se lleva para mostrárselos a su nuevo amigo el detective. Aquello los convierte en blanco de unos delincuentes de grandes ligas que de un momento a otro pueden dejarlos fríos y sonrientes.
Quizás lo que mejor logró el autor es el propio Lavandeira, un catalán hijo de gallegos que a sus cuarenta y tantos vive con su anciana madre en el mismo piso donde tiene su despacho de detective. No se puede sacar de la cabeza su resentimiento contra los que se interpusieron en su prometedora carrera como policía y tampoco se atreve a aceptar que está enamorado de su amante, una ex prostituta a la que ayudó a dejar el oficio y a salirse del mundo de las drogas. 
Como puede verse, la novela sí tiene elementos para haber sido buena, lamentablemente quedó en mala por unos muy evidentes errores del autor. El humor negro en una novela negra se admite desde hace bastante tiempo, pero no hay que exagerar  ni tratar de hacer reír dos veces con lo mismo en la misma novela.
El argumento también tiene sus lados flacos. El autor avisa de forma indirecta y sin mucho misterio a media novela cuál es la identidad del jefe de los malos, y eso arruina una obra de este tipo. Siempre es conveniente darle al lector varios sospechosos para mantenerlo con los ojos bien abiertos, pero darle nada mas uno que  luego resulta que sí es arruina el final, y si lo de atrás tampoco fue muy bueno nos queda como resultado una novela que mi conciencia no me permite recomendar.   

30 nov. 2011

Bahías de La Habana

Martin Cruz Smith es un novelista norteamericano del que hasta hace unos pocos años no sabía nada. Nació en 1942, es decir, ya lleva buen tiempo con la pluma en la mano y ha logrado cosechar fama como escritor. Lamentablemente, la única novela que he leído de él me dejó con ganas de ir a la librería para exigir la devolución de mi dinero, y desde entonces no he vuelto a leer nada suyo.
La novela en cuestión, Bahías de La Habana, publicada en 1999, es negra y su protagonista es el detective Arkady Renko, una versión contemporánea y rusa de Sherlock Holmes que, según he leído, es también el protagonista de otras obras del autor.
Renko, deprimido por la perdida de su amada y con deseos de abandonar la vida, llega a La Habana y es requerido para que acepte que un desfigurado cuerpo pertenece a un camarada suyo de nombre Pribluda. No muy contento con el trato que los cubanos le dan por ser ruso -tómese en cuenta que la historia ocurre años después de que ya acabó el subsidio soviético para la isla-, alega que no hay argumentos para aceptar que el cadáver es quien los cubanos casi exigen que sea.
Siguiendo con la naturaleza común en casi todos los detectives ficticios del pasado siglo y lo que va del presente, Renko se mete en todo lo que no le importa con la intención de averiguar, sin que nadie se lo pida, qué pasó con su camarada. No conoce una palabra de español -allá él y de lo que se pierde-, y por ello el autor tomó la precaución de que todos los cubanos que se cruzaran en su camino dominaran el ruso, lo que le ayuda a encontrar pronto indicios de que algo muy turbio se trama en la mayor isla del Caribe.
La novela transcurre de forma bastante aburrida y a veces absurda, y el detective mientras tanto se mete en líos con cubanos que quieren darlo de baja,  con norteamericanos que lo quieren de matón particular y, muy al estilo de James Bond, también se relaciona sentimentalmente con una policía cubana con la que en un principio tiene problemas.
Finalmente, Renko descubre que el fin último de los malos es borrar del mapa al hombre de barba, pero ni él con toda su astucia sospecha que el régimen tiene la precaución de poner junto al espía ruso a un espía cubano que parece todo menos eso. Después de sobrevivir casi de milagro, a Renko le revela su contraparte caribeño que al que manda le gusta dejar avanzar los planes de magnicidio para así poder depurar su entorno, siendo todo aquel ajetreo donde participó, a fin de cuentas, un proceso perfectamente vigilado desde arriba.
Algo que no puedo dejar de resaltar es que parece ser que el autor hizo una minuciosa investigación sobre la vida en la isla. El país que se quedó atascado en los 50s, el racionamiento de casi de todo, las costumbres “religiosas” típicamente cubanas y hasta las jovencitas que se ven obligadas a acostarse con momias porque no hallan otra forma de llevarse el pan a la boca, todo eso está bien retratado.
El problema de fondo es que la novela, como negra que es, es mala. Aquél que pretende escribir una novela negra por lo menos tradicional, tiene que mantener al lector bien enganchado con buenos misterios a lo largo de las páginas y dar un final algo difícil de imaginar, de lo contrario el fracaso está asegurado. 

29 nov. 2011

La leyenda de Sleepy Hollow

Aquéllos que han visto la película de 1999, protagonizada por Johnny Depp, y que no han leído el cuento, tal vez piensan que es una fiel versión cinematográfica de éste, pero la realidad es que se parecen bien poco, tan poco como casi nada. Muchos, quizás, después de ver la película se fueron a buscar el libro con la intención de leer una muy buena historia de terror. Indudablemente terminaron decepcionados, porque La leyenda de Sleepy  Hollow, el cuento, aunque está catalogado como tal, no pertenece al género del terror, o por lo menos no tanto como algunos pudieran imaginarse. Pero no con ello quiero decir que es malo. 
Publicado en 1820, es sin duda una de las obras más conocida de Washington Irving, escritor, diplomático e hispanista norteamericano, llamado así en honor al libertador de su país. La historia transcurre en Sleepy  Hollow, un asentamiento de holandeses en el Nueva York de los recién independizados Estados Unidos. El protagonista sí es Ichabod Crane, pero no en calidad de policía investigador, sino de maestro de pueblo, flacucho, simplón y no menos miedoso. 
Crane, al igual que en la película, pone sus ojos en la rica y bella heredera Katrina van Tassel, pero a ésta no la persigue una madrastra loca ni mucho menos un mercenario alemán que no encuentra descanso, sino muchos pretendientes que ya le echaron el ojo a su herencia y a su belleza, en ese orden. De entre ellos destaca un joven también de ascendencia holandesa, con buena fama de rompe huesos, que no está dispuesto a permitir que se la ganen. 
El maestro de pueblo, a pesar de que valiente no es, sabe que una cuantiosa herencia y una mujer hermosa bien valen una temporada en cama, y pone todo el empeño posible para conquistar el corazón de la joven Katrina. Su rival de amores se ve obligado a decidir entre romperle unos cuantos huesos o darle un buen susto para que desaparezca de su camino. Se inclina por lo segundo y  se aprovecha de una leyenda que habla de un jinete sin cabeza. Una aparición por la noche es suficiente para que del maestro sólo encuentren el sombrero al día siguiente. Y ése, a grandes rasgos, es el cuento.
Quienes quisieran encontrar más similitudes con la película quedarían decepcionados. Quizás también opinen que el cuento no es gran cosa, aunque yo no podría opinar de igual forma, realmente tiene notoria calidad, lo que ocurre es que la película es muy buena, o por lo menos para mí lo era cuando la vi hace unos doce años. 

28 nov. 2011

El monje negro

Recuerdo que la primera vez que compré un libro de cuentos del ruso Antón Chéjov ignoraba quién era él. Creo que no sabía qué comprar y tomé ese libro para no salir de la librería con las manos vacías. Los cuentos en general me gustaron, pero hubo uno, el último, que me dejó impresionado. Era el más largo, deprimente y triste del libro; se titula El monje negro y ahora que han pasado muchos años desde que lo leí sigue siendo uno de mis cuentos favoritos. 
Fue publicado por primera vez en 1894, y en él se narra la historia de Andrei Vasilich Kovrin, un joven intelectual enfermizo con lo nervios a punto de estallar a quien le recomiendan pasar la primavera en el campo. Y justo entonces le llega una invitación de Yegor Semionovich, un viejo que lo aprecia mucho, y de su hija Tanya, una joven que está enamora de él, para que pase una temporada con ellos en su mansión campestre.
Los anfitriones se desviven para hacer saber a Kovrin cuánto lo aprecian, cuánto admiran su intelecto y cuánto les preocupa su salud. Son una buena familia y le quieren bastante cada uno a su manera. Tanya no pierde las esperanzas de que Kovrin, a quien cree una especie de genio iluminado y por quien no le cabe la admiración en la cabeza, se decida por ella. Y finalmente ocurre, Kovrin, sin saber exactamente qué siente por ella, se casa con Tanya.
Pero justo entonces llega alguien más a su vida, alguien a quien sólo él puede ver. Se trata de un monje vestido de negro que también cree que Kovrin es un iluminado. Kovrin, por su parte, pronto llega a querer más al monje que a su esposa y mucho más que a su suegro. Cuando Tanya descubre una amena conversación en la que sólo puede ver a uno de los interlocutores, se da cuenta de que su marido está enfermo. Ella y su padre se esmeran en darle todos los cuidados y atenciones que hacen falta para lograr que el monje se marche.
Y cuando por fin consiguen ahuyentar al monje de las noches de Kovrin, éste no se los agradece, por el contrario, surge en él un profundo odio hacía ellos y decide vengarse porque cree que le han arrebatado un guía que habría llevado su intelecto a la cúspide adonde pocos han logrado llegar.
El mejor modo de vengarse que Kovrin descubre es dando desprecio constante a aquéllos que por el contrario requieren de su afecto para vivir. Poco a poco trasforma la vida de su mujer y de su suegro en un infierno haciéndoles los comentarios más hirientes que puede. El viejo aún fuerte pronto ve deteriorada su salud y la joven y bella Tanya se transforma en una mujer flacucha y demacrada, todo gracias al desprecio que Kovrin les regala cada día.
Por fin, después arrebatarles su amor propio, Kovrin se aleja de ellos dejando a un viejo a las puertas de la muerte y a una mujer todavía joven pero físicamente acabada. Tiempo después, Kovrin padece una terrible enfermedad que, no se indica, pero al parecer es tuberculosis -la misma que llevó a la tumba a Chéjov-, y cuando interrumpe la lectura de una terrible carta en la que Tanya le informa de la muerte de su padre y de cuanto lo odia, unos chorros de sangre salen de su garganta al tiempo que reaparece frente a él su viejo amigo, el monje negro.

27 nov. 2011

La música del azar

Paul Auster es considerado uno de los mejores autores de Estados Unidos. Y con justicia. Su extraordinaria forma de enganchar al lector aun en historias que avisan no guardar nada del otro mundo, le ha valido el reconocimiento de los críticos más exigentes.
Sus personajes son simples seres humanos, fracasados, frustrados, egoístas y perdedores de los que no siempre son buscados en las páginas de los libros. Pero, afortunadamente para el premiado autor, hay un público al que no le incomoda verse retratado en la literatura que brinda personajes con los más característicos defectos humanos, y ésos, sin duda, son sus lectores.
En La música de azar, publicada en 1990, Auster recurre a dos hombres del montón que viven sin pena ni gloria, y que, para mala suerte de ambos, un mal día se conocen. 
Jim Nashe es un bombero que empieza a entrar en la madurez al que su esposa abandonó por su incomoda situación económica. Nada en su vida presagia cambio alguno, hasta que repentinamente le llega la noticia de que el padre que años atrás también lo abandonó le ha dejado una herencia. Es entonces cuando Nashe se concede unas merecidas vacaciones. Se compra un auto y se pone a transitar sin rumbo fijo por las carreteras de los Estados Unidos.
Allí encuentra la felicidad, o cuando menos la calma, y conforme pasa el tiempo se va enamorando más y más de esa vida a la que tiene que renunciar tarde o temprano porque su herencia no le durará mucho tiempo.
Jack Pozzi es un joven veinteañero que vive del póquer sin más preocupación que la de encontrarse pichones a los cuales desplumar. Es bastante bueno y gracias a eso no tiene mayor dificultad para conseguir en una noche con que vivir por meses.
Un buen día le echa el ojo a dos millonarios excéntricos y, a su juicio, bastante malos para el póquer, a quienes no les importa perder miles de dólares en unas horas porque los tienen de sobra. Lamentablemente para Pozzi, no tiene el dinero que requiere para acudir a su cita con los acaudalados que lo recibirán en su mansión para despacharlo horas después llevándose una fortuna. 
En la carretera conoce circunstancialmente a Jim Nashe, el bombero al que ya le queda poco con que seguir su viaje, pero, si para Nashe su capital ya  es poco, para Pozzi es lo suficiente para acudir a la partida de póquer y desplumar a los excéntricos millonarios.
Nashe en un principió se pregunta si es conveniente poner sus últimos diez mil dólares en manos de ese joven que no oculta para nada ser un vividor e irresponsable. Pero Pozzi le demuestra que es bastante buen jugador y el pacto queda sellado. Finalmente, las cosas parecen bastante simples. Se trata de ir a visitar a su oculta mansión a dos millonarios que no temen perder su dinero porque no les hace falta, y por eso lo arriesgan en un juego del que saben muy poco. ¿Qué puede pasar?
La novela no puede ser descrita de otra forma más que buena y por momentos magistral. Es una obra tan simple y sin embargo siembra tantas dudas y provoca tantos miedos que al final uno no puede menos que alegrarse de que ya acabó.
No por eso puede ser recomendada como si fuera una novela negra. No tiene que serlo por fuerza para obligar al lector a que dé vuelta a la página con un poco de miedo. O con mucho. Pudiera ser que el mayor logro de Auster en la obra radique en que el miedo  en ella no es precisamente a la muerte, sino al fracaso. Y éste es el más grande de los miedos.   

26 nov. 2011

El capote

Es bien sabido que Rusia ha producido a lo largo de la historia brillantes escritores. Quizás, aventurándose un poco, podría afirmarse que los mejores novelistas de todos los tiempos son rusos. Los escritores allí supieron plasmar muy bien la miseria que padeció el pueblo durante la época de los zares y la situación mucho peor que generó Stalin.
Uno de esos grandes escritores fue el ucraniano Nikolái Gógol, nacido en 1809, como súbdito del zar Alejandro I; es decir, como ruso a la fuerza. Gógol pasó con el tiempo a formar parte de esa gran camada de novelistas que parió Rusia en el siglo XIX y que hacen a uno preguntarse si en otros países también se escribía.
La obra maestra más conocida de Gógol es la mítica novela Almas muertas, pero no es la única ya que el hombre simplemente no sabía escribir mal. El capote es una extraordinaria novelita que exprime de lo más triste de los sentimientos humanos.
Akakyi Akakievich, el protagonista, es un gris funcionario público que trabaja mucho y gana poco. Sí, trabaja mucho y gana bien poco. En la actualidad es imposible imaginar a un funcionario público en tales circunstancias, pero en el siglo XIX se respiraban otros aires.
Akakyi Akakievich es copista -quizás por eso trabaja mucho, porque en la actualidad tal tarea consiste en oprimir un botón-, y su sueldo tan miserable apenas le alcanza para vivir de forma pobrísima. Su personalidad es tan gris como su sueldo: no tiene familia ni vida social y al salir del trabajo no hace más que ir a encerrarse en la soledad de su muy humilde casa.
La situación que padece lo hace temer la llegada de un gasto fuera de su alcance y no previsto. Pero ese gasto no deseado finalmente le llega y lo hace temblar. Su único capote, que lo mantiene vivo durante el invierno Ruso, ya no da para más. Akakyi Akakievich acude al sastre con la esperanza de que le recomiende una solución acorde a su bolsillo, pero el diagnostico es aterrador: el capote ya no puede repararse una vez más, es necesario otro nuevo.
Por más que hace cuentas, Akakyi Akakievich sabe que es casi imposible pagar el altísimo costo de un capote nuevo. Pero es eso o morir de frío. Así que decide apretarse el cinturón, más aún de lo que ya lo hace, y después de ahorrar hasta lo imposible, de regatear y regatear al sastre, consigue pagarse su capote nuevo.
Pero, como dicen por allí, de la mano de la fiesta viene a veces la desgracia, y al llegar al trabajo sus compañeros deciden, sin consultarle, que el nuevo capote amerita una fiesta. Akakyi Akakievich, gris y apático, no quiere ir, pero como tampoco desea que sus compañeros lo estén molestando, acepta.
Después de ir a una fiesta que él en nada disfruta, Akakyi Akakievich se ve caminando en la madrugada por peligrosas calles para volver a su hogar. Y un personaje con un capote nuevo no puede, por más que así lo quiera, pasar desapercibido para los delincuentes.
El sentimiento que experimenta Akakyi Akakievich al perder su preciadísimo capote será acaso similar al de quien llega a su casa y se encuentra con un terreno baldío (suponiendo que tal situación pudiera presentarse). Después de reponerse de la sorpresa, que no de la depresión, el triste copista se da a la tarea de conseguir que las autoridades cumplan con su trabajo y encuentren su capote. Lo que él encuentra es a la burocracia en su esplendor, y el golpe que le da ésta, sumando al que le habían dado los bandidos, provoca su fin.
El capote es una obra que logra hacer que el lector sienta el frío que sentiría Akakyi Akakievich sin él, sin su capote. Y eso lo convierte en una obra, sino maestra, cuando menos sí bastante buena, muy digna de su autor.