LOS MÁS LEÍDOS

12 de oct. de 2013

Literatura chatarra

Fue hace poco que empecé a escuchar y a leer algo sobre la literatura chatarra. Y a falta de una definición aún formal por parte de alguna academia, contribuiré diciendo que entiendo que quienes usan la frase se refieren a que es un producto deficiente, de mala calidad y producido en grandes cantidades para consumidores extraviados y nada exigentes. O, para simplificar un poco, se trata de novelas pésimas que se cuelgan de argumentos que han tenido éxito y pretenden exprimirlos todavía lo más posible.
Algo que me llamó la atención cuando empecé a leer sobre la literatura chatarra fue el hecho de que preocupa a los académicos que los adolescentes la consuman tanto. Lo cual es, por parte de esos académicos, una enorme estupidez.
Si lo que se quiere es que los jóvenes lean para erradicar en la mayor cantidad que sea posible la ignorancia del mundo, la literatura chatarra es ideal. Es más, si consigue atraer a los adolescentes a los libros, no sólo es ideal, sino extraordinaria.
Si un joven empieza a fumar cigarrillos comunes, poco después quizás se pase a la marihuana, y si empieza por sustraer pequeñeces de un centro comercial, después se cambiará a las joyerías, si disfruta golpear a sus compañeros de escuela, probablemente más tarde se interese por los asesinatos, y si se le ocurre leer Crepúsculo, es probable que luego se interese por Robinson Crusoe. Así de simple. Lo importante es que los jóvenes lean, que se hagan de ese hábito.  Si empiezan por La riqueza de las naciones o El príncipe quizás no lleguen siquiera a la décima página a causa del aburrimiento y ya no vuelvan a tocar un libro.
La literatura chatarra, a fin de cuentas, quizás esté haciendo algo bueno por el mundo.

1 de sept. de 2013

¿Por qué es tan difícil vender un libro?

La red está llena de blogs de autores que tratan de abrirse paso con su novela, antología de cuentos o poemario en el complicado mundo editorial. Algunos no ven frutos por ningún lado, otros tienen apenas una atención modesta y muy pocos -hablando de literatura en lengua española- venden más o menos bien y tienen el privilegio de que una editorial decida adoptarlos.
En realidad, por donde quiera que se le mire, es muy complicado vender un libro. Teóricamente, partiendo del hecho de que sí hay quien lee, es posible, pero ¿cuántos autores no habrá que han movido su obra por el Internet durante meses o años y aún no se han podido pagar una taza de café con el producto de las ventas?
Para los escritores de hoy, ésos que han sido llamados como la Generación Kindle, hay enormes ventajas que no tenían sus antecesores de hace veinte años. Hoy es posible vender literatura sin necesidad de pasarse media vida en busca de una editorial. Pero es muy difícil. Y las razones de ello no son tan complejas.
El libro es un producto para un mercado reducido. Las personas que van por la calle pueden de un momento a otro decidir comprar un helado, una gorra o un refresco, pero difícilmente un libro. La música, la buena, se vende sola. Darle una oportunidad a un cantante para juzgar si ofrece algo bueno requiere tres minutos y no hay que hacer absolutamente nada. Dársela a un escritor requiere de muchas horas y cansa la vista.
El otro problema es el mercado. Es cierto que estamos en la generación del libro electrónico. Pero en donde se habla el español eso apenas va iniciando. En México, el país más poblado de la hispanidad, apenas desde esta semana es posible comprar libros electrónicos en Amazon con moneda nacional. Falta la Argentina, el país donde más lee la gente, un mercado muy importante en el que aún Amazon no se aparece.
Una vez que en todos los países hispanos existan facilidades de consumir literatura en formato electrónico y las personas estén habituadas a ello, posiblemente empezarán a saltar algunos fenómenos editoriales producto de la Generación Kindle. Pero entonces el mercado ya estará mucho más competido. Porque eso de vender libros es, siempre ha sido y siempre será, complicado.

30 de abr. de 2013

Párrafos largos


Hace tiempo escribí una entrada sobre la que considero es la edad adecuada para leer a los clásicos, porque a mi juicio a éstos hay que abordarlos a cierta edad, cuando ya hemos aprendido a leer, y a disfrutar de la literatura. Para iniciarnos siempre estará Crepúsculo, u otras lecturas menos tóxicas.
A los grandes libros de escritores griegos y romanos, o El Quijote, la Biblia, Robinson Crusoe, entre tantos otros, hay que saber llegar, y eso no significa saber ir por ellos a la biblioteca, sino saber esperar, esperarlos; es así como se llega a ellos.
No digo que un adolescente de catorce años no es capaz de disfrutarlos, sino que cuando tenga el doble de edad los disfrutará mucho más, y es mejor que ésa sea la primera vez que los lee.
Escribo esta entrada porque hace poco volví a pensar en el tema. Comúnmente le presto libros a mis sobrinos, que no a mis alumnos, y veo cómo evolucionan como lectores, cómo cambian sus gustos y cómo pasan, poco a poco, de leer por impulso a leer por amor a la lectura.
Hace uno días una sobrina me devolvió un libro y me dijo que no le había gustado. Cuando le pregunté la razón, me dijo: “Tiene párrafos muy largos”. Y sí, es verdad que a los quince años preferimos novelas con diálogos cortos y descripciones rápidas, sin mucho embrollo, que lo que queremos, a fin de cuentas, es terminar el libro para ponerlo en nuestra “Lista de leídos”.
Tiempo después descubrimos que cuando de los grandes se trata, sobre todo de magos con las palabras como Octavio Paz o Philip Roth, esos párrafos largos son de una belleza sencillamente magistral, que leemos y releemos para no dejar de disfrutarlos.
En cambio, cuando somos adolescentes los leemos lo más rápido posible, para llegar pronto a los diálogos. Y eso nos impide disfrutar de la mejor literatura. Por ello lo más recomendable es dejar los libros inmortales pendientes, para cierta edad. A fin de cuentas, para practicar o fingir que leemos, se editan incontables payasadas.

10 de ene. de 2013

El oficio de lector


Hace poco hacía cálculos con algunos compañeros de trabajo sobre cuántos libros se pueden leer en una vida promedio de 60 años. Coincidimos en que 3.000 son la cantidad más aproximada para un lector asiduo que tiene que trabajar para vivir y que sólo cuenta con unas pocas horas al día, durante la noche, para dedicarlas a la lectura.
Y días después llegué a la conclusión de que 3.000 es una cifra triste, desesperanzadora si pensamos en el amplio universo que es la literatura. Dumas, Dickens, Cervantes, Dostoievski, Borges, Tolkien, Baudelaire, Tolstói, Paz (Octavio), Hugo, García Márquez, Defoe, Auster,  Swift, Poe, Wilde, Gógol, Delibes, Roth, Grossman, Vargas Llosa. Los menciono así porque con esa arbitrariedad los leo. Y mencioné ésos porque ésos me vinieron la mente. Pero son tantos. Tantos que 3.000 libros me parecen tristemente pocos al pensar que difícilmente podemos leer más en esta vida.
Me faltó mencionar desde luego a los clásicos. Y a los grandes poetas alemanes, que uno no se explica cómo una cultura tan fría ha sido capaz de producir poetas tan buenos. Y a muchos más. A muchos que conozco y admiro y a otros que nunca podré conocer por falta de difusión, porque no se han atravesado en mi camino.
Son pocos en realidad los libros que alcanzaremos a leer. Por eso me ha dado por llamar al acto de leer oficio. ¿Por qué? Porque un oficio se desempeña bien o mejor no se hace, porque nuestro oficio enseña lo que somos, nuestras miserias y nuestras grandezas (cuando las hay), y si no podemos desempeñar nuestro oficio bien nos llenamos de vergüenza. Un oficio, en suma, exige toda nuestra concentración, y muchas veces nuestra estabilidad emocional radica en que lo hagamos bien.
Leer, o lo que es lo mismo para este fin, ser aficionado a la literatura, encierra una responsabilidad moral. La lectura es la cultura, no la estupidez. Lamentablemente confundirse es muy sencillo. He descubierto en los últimos años que saber diferenciar un libro infumable de una obra maestra es algo que a veces no se aprende nunca. Y tampoco es algo que se pueda enseñar. Hace unos meses una señora de 80 años se me enfrentó con actitud desafiante para defender la calidad literaria de La conjura de los necios. Me echó encima su currículo como académica para reforzar sus argumentos.
¿Qué le podía yo decir? No se me ocurre nada qué argumentar ante quien defiende con tamaño ardor a una de las peores novelas que circulan por las librerías con fama de obra maestra. Por más que hubiera dicho, jamás habría podido convencer a la señora, y hacerlo tampoco era algo de mi interés.
Pero me quedé pensando en que el criterio para valorar una novela a veces no evoluciona nunca. No es como con las películas, con la decoración de una casa o con la ropa. Pero quizás merezca el esfuerzo no sólo leer, sino aprender a apreciar la verdadera literatura. Después de todo, en esta vida no se pueden leer muchos libros. Por lo menos no todos los que quisiéramos. Y eso triste.

24 de dic. de 2012

¡Feliz Navidad!


Hace poco más de un año que empecé con este blog. En un principio pretendía que fuera un espacio dedicado a las reseñas literarias, pero con el tiempo vi que había demasiados, por eso me incliné por sólo hablar de cosas relacionadas con la literatura. Pero no he sido muy productivo, únicamente escribo algo cuando me llama la atención y quiero compartirlo. A veces el trabajo no da espacio para dedicárselo al blog, ésa es otra gran verdad. Pero no porque no suba entradas con mucha frecuencia quiere decir que piense irme. Aún no.
En este año 62 personas han decidido seguirme. Muchas gracias. Perdón por no contestar siempre los comentarios y por  no ir muy a menudo a sus sitios, pero no tengo todo el tiempo libre que quisiera ni todo el ánimo que quisiera.
Gracias a los que me siguen y a los que llegan a diario por accidente y se quedan a leer un poco. Y ¡Feliz Navidad!

11 de dic. de 2012

Booktrailer de una obra maestra de la literatura


El príncipe de la soledad es una de esas novelas que reúnen lo que hace falta para ser una obra maestra: una historia bien contada, frases que no se olvidan nunca, personajes que se ganan el respeto del lector y mucha originalidad. La reseña que le dediqué hace tiempo es la segunda entrada más leída de este blog. Si miras un poco para arriba, allí está.
Dejo el booktrailer de la novela, que resume en unas cuantas frases la columna vertebral de ésta, y también pongo un enlace al blog de su autor, Adam J. Oderoll, donde se puede bajar gratis. 

                 

9 de dic. de 2012

Antes de Internet


A mí el Internet me sorprendió en mis años de estudiante. Sí que recuerdo cómo era una investigación antes. Lenta y poco productiva a veces. De una biblioteca a otra. De una librería a otra. Casi siempre un largo peregrinar para llegar a escribir dos páginas de información sólida.
Mis conocidos que ahora pasan el medio siglo de vida tienen más experiencia que yo en ese mundo que dejamos atrás. Y charlas con ellos me hacen pensar en la enorme diferencia (y ventaja) que se vive en nuestros días. Si hoy sabemos de un libro que despierta nuestro interés, en la red hallaremos algo o mucho sobre él. No importa que sea un libro viejo que no se ha editado en años, casi con seguridad encontraremos reseñas, breves y malas, quizás, pero reseñas que nos ayudarán a conocerlo más. Y también probablemente descubramos qué librería aún lo vende, o sepamos de alguien que quiera vender un ejemplar de segunda mano.
Pero no sólo con libros tenemos esa gran ventaja. Sucesos y personajes también están a nuestro alcance de manera sorprendente. Y no hablo de personajes como el mariscal Rommel y sucesos como el hundimiento del Titanic, pueden ser a escala mucho más pequeña. Local. De nuestra ciudad o del barrio en que vivimos. Sucesos y personajes pueden estar allí, ocultos pero expuestos para quien quiera conocerlos.
No puedo imaginar siquiera, con el hambre de información que me consume día con día, lo que haría yo sin la red. Es maravilloso que la información esté en la comodidad del hogar. Tan cerca que podemos llegar a ella en un minuto. Y es sorpréndete el cambio que hemos experimentado en tan sólo unos años. 

21 de nov. de 2012

Libros prohibidos


Siempre me ha despertado mucho el interés el tema de los libros prohibidos. Para empezar, caben dos preguntas cuyas respuestas son fáciles de imaginar: ¿quién prohíbe libros? y ¿con qué objeto?
Hace siglos los libros eran comúnmente prohibidos por la Iglesia y por el Estado. La Iglesia Católica incluso tenía su lista no sé si por orden alfabético o de aparición. No aceptaban críticas -postura que algunas corporaciones religiosas y gobiernos conservan- y quien se atrevía a cuestionar sus acciones y sus principios abierta o sugeridamente en un libro podía ir a pasar toda su vida en una prisión o perecer en la hoguera. Las penas, como puede verse, no eran nada blandengues y tampoco se podían negociar.
Con el paso de los siglos, y con la llegada de la civilización, tanto el Estado como cualquier corporación religiosa han tenido que aceptar la libertad de expresión, por lo menos en los países donde impera la libertad, la democracia y hay instituciones sólidas. Vaya alguien a publicar un libro en Cuba criticando al presidente o en Afganistán cuestionando al Islam y verá cómo toleran su libre albedrío.
Pero sin viajar a ningún submundo, quedándonos en las democracias, legalmente no está prohibido escribir sobre el tema que uno quiera y criticar lo que quiera siempre y cuando pueda probarlo. Sin embargo, sigue habiendo libros prohibidos, sin necesidad de que tal prohibición sea por ley.
Y es que no es necesario, no siempre, recurrir a la ley para prohibirle a alguien que escriba sobre algo. Cuando un libro molesta ligeramente a un personaje poderoso o a un grupo de poderosos literalmente puede quedar prohibido de facto. Así sin más. Se supone que la ley debe garantizar la libertad de expresión, sí, pero la ley no sirve de absolutamente nada si no se aplica, y aun cuando se aplica, no garantiza la seguridad de nadie, simplemente la procura, que viene a ser muy poco si a alguien le buscan con malísimas intenciones.
En siglos pasados el tema de los libros prohibidos no escondía trucos. Si alguien escribía uno sabía que irían por él. Hoy, en apariencia, se pueden escribir, porque la ley no lo prohíbe, y por eso muchos valientes lo hacen, avalados por su derecho a la libertad de expresión, pero ese aval no es un seguro de vida.
La prohibición de libros seguirá existiendo. No en los códigos, claro, pero cualquier persona sensata sabe qué tipo de temas y en qué lugares son delicados. Porque la distancia y la civilización cambian las circunstancias. Quizás un periodista alemán puede escribir un libro muy crítico sobre la guerrilla en Colombia sin que nada malo le pase, pero quizás si ese mismo libro lo escribe un periodista colombiano…
Y también eso de libro prohibido es un titulo. Una persona, organización o corporación, si un libro exhibe sus secretos más turbios, no querrá que adquiera ese titulo. Porque cuando un libro es catalogado como prohibido, seguro es que todo el mundo tendrá intenciones de leerlo.

17 de nov. de 2012

Literatura comercial


Muchas veces he coincidido en algunas charlas con amigos respecto a que las obras maestras no se venden. No le sirve, económicamente hablando, a un escritor tener una prosa fluida, divertida y elegante, con un apropiado uso de analogías y atrevimientos que rozan los límites de lo pésimo pasando primero por lo brillante.
Una historia bien contada, por sencilla que sea, puede ser una obra maestra, mas eso no garantiza que guste, ni siquiera que un editor le preste atención. Hay un sin fin de obras que gozan de una maestría sorprendente que pasan por las librerías sin pena ni gloria. Ni siquiera los críticos “serios” y “profesionales” les conceden mucho mérito.
La literatura comercial, para ser tal, no exige como requisito que las obras sean extremadamente buenas, ni buenas ni más o menos buenas. La razón es muy sencilla, los lectores no exigen calidad literaria. Un profesor amigo mío me dijo hace tiempo que eso se debe a que los gustos literarios de los consumidores de libros de hoy son dictados por las series de televisión y el cine. “El lector busca en un libro cosas similares a las que acaba de ver en una película” me dijo “y la belleza del cine y la belleza de la literatura no tienen absolutamente nada en común”.
Algunas veces al leer una novela me he preguntado por qué es tan aterradoramente mala, cómo una editorial quiso hacer pasar eso por un libro, cómo otra optó por traducirlo y, sobre todo, cómo hay personas capaces de perder horas valiosas leyendo semejante cosa. Sé que habrá quien diga que para todo hay gustos. Sí, lo acepto, pero también hay límites. A ver que surja un o una valiente capaz de ponerse pantalón amarillo, zapatos anaranjados, camisa morada, lentes como los que usaba Michael Jackson y rematar la obra con un sombrero mexicano. Y es que así, con esa arbitrariedad contra cualquier estética, hay quien escribe novelas que… se venden y mucho.
Ésa es la literatura comercial, novelas con una total simpleza en todo, mal escritas y por supuesto mal estructuradas, rellenadas con personajes mal dibujados robados previamente del cine. Eso es lo que se vende hoy, después de que hemos pasado por un largo proceso en el que casi todo el buen gusto literario se ha extinguido de las mentes humanas. Borges nació en 1899 y alcanzó gran fama, aunque le negaron el Nobel de Literatura. Si hubiera nacido hace treinta años y optado por el mismo oficio, actualmente se estaría muriendo de hambre.

1 de nov. de 2012

El libro electrónico, aún un proceso


Lo del libro electrónico no es sólo un modismo, es una revolución con nombre y apellido, significa una transformación no simplemente del modo de leer sino del qué leer, y significa también que la cultura ya no estará del todo pegada a las editoriales, ya no nos harán leer lo que quieren, habrá -y ya  hay- opciones antes inpublicables por buenas, por malas o por indecorosas. La dictadura de las grandes editoriales tiene sino los días sí los años contados, quizás como castigo divino por la basura que comúnmente sacan a la venta.
Pero ese proceso, aunque se ve venir de manera inmutable, aún está en pañales. El libro electrónico existe, se promociona, se lee, se vende, pero aún a niveles despreciables. Hay editoriales que tienen sus libros a la venta en formato digital a un tentador precio de 1.5 euros y se ven en la necesidad de cerrar sus puertas. Son pocos, en realidad, los que pagan por los libros electrónicos que leen. La mayoría los consiguen gratis, proporcionados por editores, autores o bajados de manera ilegal de la red.
En realidad al libro electrónico muchos todavía no se lo toman en serio -aunque es muy autentico y su impacto será enorme-. Otros tantos lo ven casi como a los hippies en su tiempo, como una amenaza para el modo de vida que han llevado y en el que quieren que vivan sus hijos. Y no faltan desde luego quienes lo ven como una amenaza a su patrimonio. Pero unos y otros tienen que aceptar que ahí está ya, que no va a marcharse y que tienen que acostumbrarse a él. El mundo, sobre todo el mundo joven, corre hacia lo nuevo, hacia la tecnología, y el libro electrónico es parte de ello.
Lo que no se puede decir con mucha certeza es cuándo se dará el gran cambio, cuándo veremos por las calles a grandes cantidades de lectores con un kindle o similar en la mano. Porque los lectores electrónicos también están ayudando mucho. Hace poco leí que en Alemania ya sacaron a la venta uno de plástico que funciona con pilas y que no supera los 10 euros en costo. Ya no hay para dónde hacerse, al libro electrónico lo aceptamos o nos convertimos en objetos sin presencia, en parte del pasado, como las estatuas.
Quizás en un año las cosas hayan cambiado de manera drástica en ese aspecto. Estamos en una época en que todo ocurre muy rápido. A ver cómo está el mundo editorial cuando entremos a la recta final del 2013, dentro de un breve año.

20 de oct. de 2012

Libros que recomiendan libros


Recapacitando hace unos días sobre cuáles son mis fuentes de apetito cultural -no siempre satisfechas por falta de tiempo-, me vinieron a la mente todas las cosas y sucesos que me ponen enfrente libros…, libros que me despiertan el interés, libros que anoto, que me hacen meterme a la página de mis librerías habituales para ver si los venden allí.
En esta vida, para los que nos hemos hecho adictos a la lectura de manera incurable, la lista de libros pendientes crece y crece y si algo sabemos con exactitud es que nunca podremos cubrirla. Jamás. Vivir 157 años como el turco Zaro Aga no remediaría las cosas, por el contrario, la lista sería mucho más extensa.
Creo que la actual etapa filosófica en que nos hallamos -no la de la postmodernidad sino la del Internet- hace que la lista de libros pendientes de un lector sea más grande. Se nos bombardea con propaganda de todo tipo de productos, y los libros, para el editor y el librero, son un producto como cualquier otro y tienen que promocionarlo como tal. Así las cosas, diario sabemos de la existencia, en promedio, quizás de diez libros. Uno de ellos por lo menos nos parecerá interesante, o bueno, o excelente, y lo añadiremos a nuestra lista, sin la promesa de una pronta lectura.
Pero no sólo la tele, la radio y el Internet nos recomiendan libros. Acabo de percatarme de que muchas veces mis mejores consejeros son otros libros. Quizás alguien ya pensó que los ensayos escritos en lengua española comúnmente traen al final una larga o modesta lista de fuentes bibliográficas. Es cierto que ésa es una de las formas en que hay libros que recomiendan a otros libros, pero no es a la que quería referirme, porque en esos casos la recomendación es muy fría y no despierta tanto el interés.
Hace unas semanas leía una novela muy agradable, y el protagonista de ésta tenía por libro favorito otra novela policíaca de los 50s que más de una vez recuerdo haber despreciado en las librerías. En cuanto terminé una novela ya tenía la otra lista para iniciar la lectura. No me gustó tanto como al mencionado protagonista, pero la disfruté. Y lo importante aquí es que haciendo memoria, muchas veces algunos libros me han recomendado otros libros. Y ése quizás sea el método más honesto del marketing que rodea al mundo literario.

13 de oct. de 2012

¿Y quién conocía a Mo Yan?


Yo no. Mario Vargas Llosa tampoco lo ha leído, según acabo de enterarme. Apenas hace una hora tomaba un café con unos amigos, adictos lectores, y me dijeron que también ignoraban que el chino existe. Veo en la red que esta vez la crítica y en general todo el mundo que se mueve alrededor de la literatura tenía la guardia baja. Esperaban que el Nobel de Literatura se lo llevara Paul Auster, su paisano Philip Roth o el japonés Haruki Murakami, ¿por qué? Porque son los más vendidos.
Que el Nobel de la Paz de unos años para acá sea entregado sólo a quienes tienen las cámaras de televisión encima -dejando a un lado a valientes que tuvieron el valor de enseñarles los dientes a los nazis-, no quiere decir que tenga que ser lo mismo con el de Literatura.
Los candidatos al Nobel no tienen que ser los que aparecen en las listas de los más vendidos. Si eso fuera Dan Brown ya habría ganado cuando menos dos. Pero lo cierto es que muchos así lo estaban empezando a creer. Y con la sorpresa llamada Mo Yan los de la Academia Sueca han querido recordarnos que las ventas y la fama no son un camino recto al Nobel de Literatura.
Ahora lo que falta es leer a ese Mo Yan. Sin duda debe de tener mucho talento para que se fijaran en él siendo fuera de su China casi un desconocido. Me supongo que sus libros, que circulan en español de manera modesta, pronto recibirán más atención. No iré corriendo a las librerías a buscar uno, pero pienso leerlo pronto. Veremos. Veremos si el candidato que eligieron los de la Academia Sueca para revestir de prestigio a su galardón fue el ideal.

1 de oct. de 2012

La difícil tarea de promocionar un libro


Cuando un libro sale a la venta amparado por una editorial grande lo vemos hasta en la sopa. Se ponen grandes carteles en las entradas de las librerías, con varios volúmenes forman pirámides en los pasillos, lo encontramos en los escaparates, detrás del cajero que nos cobra, cuando entramos y cuando salimos del establecimiento. Al autor lo entrevistan los líderes de opinión, en la tele y en la radio, que tienen una audiencia que puede ser de varios millones de seguidores.
También hablan del libro los más prestigiados críticos, quienes escriben estupideces como “Una historia trepidante que enganchará al lector desde la primera página”, o “Si Cervantes viviera sin duda querría leer esta novela”, “Una obra deliciosa que mezcla muy bien la intriga y el romance” y otras tantas idioteces que quizás los críticos ya tienen escritas en un archivo y sólo se las pegan a las novelas que reseñan en una especie de sorteo, porque siempre son las mismas.
Pero cuando el libro es editado por una pequeña editorial de limitados recursos, ninguno de esos críticos que gustan de las historias trepidantes que seducen desde la primera página se ocupa de él. Quizás muchos no lo sepan, pero hay editoriales donde el editor es el que diseña la portada, maquetea el libro, elabora los contratos, se encarga de la distribución y sirve de secretaria en la oficina. Una editorial así, sencillamente no tiene recursos para hacer que muchos lectores sepan de sus libros.
Estos editores probablemente se la pasan preguntándose cómo promocionar adecuadamente un libro sin gastar tanto. Pero tal cosa es prácticamente imposible. Una pequeña editorial quizás consigue la reseña de diez o quince blogueros, que tendrán en promedio cien lectores por día. Los críticos que trabajan  en los grandes diarios quizás tengan en promedio cien mil lectores por día. La diferencia es abrumadora.
En las librerías el trato que se les da a estos libros tampoco los beneficia mucho. Los ponen allá en el rincón más apartado, donde para verlos hay que hacer una revisión similar a la que hace un arqueólogo en la tumba de un faraón.
Hace falta en estos casos mucha audacia de parte del editor y del propio autor para lograr que se sepa que un libro existe. No se puede competir con una campaña promocional de doscientos mil euros, eso está bien claro, pero hay una gran ventaja en estos tiempos: la gran abundancia de medios de comunicación que la mayoría de las veces no tienen costo alguno. Es cierto que un solo bloguero con cien lectores al día poco puede hacer, pero quizás mil blogueros hagan las cosas de mejor de manera. Lo difícil es hacer que el libro llame la atención de tantos como para que decidan comprarlo, leerlo y reseñarlo. Allí es donde la creatividad se vuelve indispensable. Un editor con pocos recursos aun así puede dotar a un libro de tres grandes armas que le ayudarán a llamar la atención de posibles lectores: el titulo, la portada y la sinopsis.

21 de sept. de 2012

La caducidad de algunos libros


Hoy en día es de mal gusto construirse una casa estilo griego, es de mal gusto poner en el jardín una copia de El David, es también de mal gusto colgar en la sala, junto a la abuela, una copia de La Mona Lisa, pero es de muy buen gusto leer El asno de oro, novela escrita en el siglo II d. C. por Lucio Apuleyo.
Una de las cosas maravillosas de los libros es que cuando ya han entrado en el gusto del público no caducan nunca, se editan constantemente en formato de bolsillo y tapa dura, con ilustraciones y prólogos tan grandes como la obra misma.  Cuando ya han expirado los derechos de autor las edita quien quiere, cuándo y cómo quiere. Nadie nos va decir en la cafetería si nos ve con un volumen de Robinson Crusoe entre las manos que eso está pasado de moda.  
Lo cierto es que no son muchos los libros que alcanzan la categoría de incaducables. De la gran mayoría que salen a la venta se hace sólo una modesta edición y después pasan al olvido. Otros tantos alcanzan la segunda sin ir más lejos. De otros más se ven ediciones con otra editorial muchos años después de su aparición, sin que logren hacer demasiado ruido. Pero una vez que un libro alcanzó la cifra de varios millones vendidos en varios idiomas, no se dejará de vender mientras la humanidad tenga el hábito de la lectura.
Una de las cosas que a veces no se dicen es que los libros se siguen vendiendo mucho si ya tuvieron un gran éxito, aunque de momento sean otros los que vuelven locos a los medios de comunicación. Por ejemplo, de Harry Potter es de suponer que en el año que corre ya se han vendido muchos millones de ejemplares. Lo mismo ocurrirá el año que viene y el otro y el otro.
Los Beatles, aunque aún suenan bastante, para las nuevas generaciones son parte del pasado, las películas de Marlon Brando no vuelven locas a las juventudes, y así hay muchas cosas a las que quienes viven hoy no quieren volver y tampoco querrán volver los que vivirán mañana, pero El Conde de Montecristo y El Quijote siguen y seguirán en el gusto del público sin importar los cambios en las identidades de los seres humanos.
Qué maravillosos son algunos libros, que no caducan, que se venden, se leen y se disfrutan hoy como hace doscientos o trescientos años, cuando salieron a la venta por primera vez.