Creo que a algunos -o por lo menos a mí- nos pasa que llegamos a pensar que Oscar Wilde es El retrato de Dorian Gray, polémica y nada más. La extraordinaria producción literatura del irlandés a menudo queda eclipsada por esa fantástica novela que desató una polémica monumental y que se ha convertido en una obra imprescindible para cualquier amante o cuando menos pretendiente de la literatura.
Muchas veces he releído algunas partes de El retrato de Dorian Gray en lugar de ponerme a leer una obra de Wilde desconocida para mí. Pero recientemente leí en el blog de Andromeda una reseña de un relato de Wilde que me invitó a leerlo casi de inmediato. Se trata de El fantasma de Canterville, una pequeña obra muy digna de su autor que deja un buen sabor de boca.
Sir Simon de Canterville es un temido fantasma que habita la ancestral mansión de su familia como tantos fantasmas que se han negado a abandonar la casa donde habitaron en vida. La carrera del aristocrático espectro es impresiónate, durante tres largos siglos poner los pelos de punta ha sido lo menos que ha logrado con sus víctimas que se atreven a visitar su residencia. Ejerce su oficio de manera magistral y se ha dado el gusto de casi mandar a la tumba de un susto a cuantos ha querido, hombres y mujeres, no discrimina.
Un buen día el embajador de los Estados Unidos en el Reino Unido adquiere la mansión y se traslada a vivir allí con su esposa y sus cuatro hijos. Antes de eso se le advierte de la presencia de Sir Simon en su nueva casa, pero el yanqui no le presta la menor importancia al hecho.
El problema para Sir Simon empieza cuando descubre que los yanquis no se asustan con nada, por el contrario, lo asustan a él. Los hijos pequeños del Embajador, un par de gemelos insufribles, se la pasan haciéndolo quedar en ridículo. El propio embajador llega a plantear a su familia la opción de despojar al fantasma de sus cadenas si éste no acepta engrasarlas para que así los deje dormir.
El fantasma, dadas las circunstancias, no sabe qué hacer. Su capacidad, la única de que dispone, es asustar, pero si esos yanquis modernos no se asustan con nada entonces no le queda más que el retiro y si eso no es posible cuando menos el cese de las hostilidades.
En este pequeño relato se puede ver el estilo irónico de Wilde, su perfecto conocimiento de la sociedad victoriana en que vivió y su poco respeto por ella.
En este pequeño relato se puede ver el estilo irónico de Wilde, su perfecto conocimiento de la sociedad victoriana en que vivió y su poco respeto por ella.
Al final nos ofrece a un yanqui y a un británico, ciudadanos de dos potencias imperialistas en franca competencia, empeñados cada uno en que el otro se quedara con unas joyas de un valor incalculable que habían pertenecido al fantasma. Ése era Wilde, un experto en burlarse de todo aquello que lo rodeaba, quizás porque todo aquello que lo rodeaba también se mofaba de él.
