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17 nov 2012

Literatura comercial


Muchas veces he coincidido en algunas charlas con amigos respecto a que las obras maestras no se venden. No le sirve, económicamente hablando, a un escritor tener una prosa fluida, divertida y elegante, con un apropiado uso de analogías y atrevimientos que rozan los límites de lo pésimo pasando primero por lo brillante.
Una historia bien contada, por sencilla que sea, puede ser una obra maestra, mas eso no garantiza que guste, ni siquiera que un editor le preste atención. Hay un sin fin de obras que gozan de una maestría sorprendente que pasan por las librerías sin pena ni gloria. Ni siquiera los críticos “serios” y “profesionales” les conceden mucho mérito.
La literatura comercial, para ser tal, no exige como requisito que las obras sean extremadamente buenas, ni buenas ni más o menos buenas. La razón es muy sencilla, los lectores no exigen calidad literaria. Un profesor amigo mío me dijo hace tiempo que eso se debe a que los gustos literarios de los consumidores de libros de hoy son dictados por las series de televisión y el cine. “El lector busca en un libro cosas similares a las que acaba de ver en una película” me dijo “y la belleza del cine y la belleza de la literatura no tienen absolutamente nada en común”.
Algunas veces al leer una novela me he preguntado por qué es tan aterradoramente mala, cómo una editorial quiso hacer pasar eso por un libro, cómo otra optó por traducirlo y, sobre todo, cómo hay personas capaces de perder horas valiosas leyendo semejante cosa. Sé que habrá quien diga que para todo hay gustos. Sí, lo acepto, pero también hay límites. A ver que surja un o una valiente capaz de ponerse pantalón amarillo, zapatos anaranjados, camisa morada, lentes como los que usaba Michael Jackson y rematar la obra con un sombrero mexicano. Y es que así, con esa arbitrariedad contra cualquier estética, hay quien escribe novelas que… se venden y mucho.
Ésa es la literatura comercial, novelas con una total simpleza en todo, mal escritas y por supuesto mal estructuradas, rellenadas con personajes mal dibujados robados previamente del cine. Eso es lo que se vende hoy, después de que hemos pasado por un largo proceso en el que casi todo el buen gusto literario se ha extinguido de las mentes humanas. Borges nació en 1899 y alcanzó gran fama, aunque le negaron el Nobel de Literatura. Si hubiera nacido hace treinta años y optado por el mismo oficio, actualmente se estaría muriendo de hambre.

13 oct 2012

¿Y quién conocía a Mo Yan?


Yo no. Mario Vargas Llosa tampoco lo ha leído, según acabo de enterarme. Apenas hace una hora tomaba un café con unos amigos, adictos lectores, y me dijeron que también ignoraban que el chino existe. Veo en la red que esta vez la crítica y en general todo el mundo que se mueve alrededor de la literatura tenía la guardia baja. Esperaban que el Nobel de Literatura se lo llevara Paul Auster, su paisano Philip Roth o el japonés Haruki Murakami, ¿por qué? Porque son los más vendidos.
Que el Nobel de la Paz de unos años para acá sea entregado sólo a quienes tienen las cámaras de televisión encima -dejando a un lado a valientes que tuvieron el valor de enseñarles los dientes a los nazis-, no quiere decir que tenga que ser lo mismo con el de Literatura.
Los candidatos al Nobel no tienen que ser los que aparecen en las listas de los más vendidos. Si eso fuera Dan Brown ya habría ganado cuando menos dos. Pero lo cierto es que muchos así lo estaban empezando a creer. Y con la sorpresa llamada Mo Yan los de la Academia Sueca han querido recordarnos que las ventas y la fama no son un camino recto al Nobel de Literatura.
Ahora lo que falta es leer a ese Mo Yan. Sin duda debe de tener mucho talento para que se fijaran en él siendo fuera de su China casi un desconocido. Me supongo que sus libros, que circulan en español de manera modesta, pronto recibirán más atención. No iré corriendo a las librerías a buscar uno, pero pienso leerlo pronto. Veremos. Veremos si el candidato que eligieron los de la Academia Sueca para revestir de prestigio a su galardón fue el ideal.

22 dic 2011

Bartleby, el escribiente

Herman Melville fue un escritor norteamericano nacido en 1819. Es mundialmente famoso por haber escrito la más famosa aún novela Moby-Dick, que trata sobre el monstruo marino que no perdona una ofensa. Pero Melville también es muy conocido por un relato extraordinario que publicó en 1853: Bartleby, el escribiente.
Esta magistral obrita está narrada en primera persona por un abogado que tiene sus oficinas en Wall Street, donde le ayudan con su trabajo dos copistas y un mandadero. El número de copistas termina por ser insuficiente para la cantidad  de documentos que son necesarios copiar y el narrador se ve en la necesidad de poner un anuncio para hacerse de un empleado más.
Es así como recluta entre sus filas a Bartleby, un extraño personaje que nada tiene que ver con el prototipo de héroe oscuro de hoy en día, que a pesar de su gris apariencia resulta ser la eficiencia personificada. El abogado no puede más que mostrarse satisfecho con la rapidez y la calidad del trabajo de su nueva adquisición, hasta que un buen día algo extraño ocurre: Bartleby es requerido por su jefe y responde dejándolo frío con la absurda frase: “Preferiría no hacerlo”.
Lo que hace genial a la obra no es la reacción de Bartleby, sino la del narrador. El copista no es más que un personaje del que nada se sabe y quien se limita de allí en adelante a negarse a hacer cualquier cosa con la misma frase que poco a poco va causando miedo al narrador. Éste, a lo largo de la obrita, experimenta diversos tipos de sentimiento hacía Bartleby. Al principio el de admiración por su buen trabajo, después le viene la molestia cuando el copista recurre por primera vez a su frase “Preferiría no hacerlo”.
Cuando ya son demasiadas las veces que Bartleby prefiere no hacer lo que se le ordena, su jefe decide despedirlo, pero Bartleby prefiere no irse de allí. Y no se va ni de noche ni de día. Entonces el narrador empieza a odiarlo porque sencillamente no puede deshacerse de él.
Tan mal se ponen las cosas que el narrador decide mudar su oficina a otra parte. Pero el copista no está dispuesto a irse ni siquiera cuando llegan los nuevos inquilinos, quienes tienen menos paciencia que el narrador y por tal razón Bartleby es denunciado ante la policía. Cuando se lo llevan a la cárcel, el copista ya no puede valerse de su frase “Preferiría no hacerlo” y termina encarcelado, pero su situación no parece importarle en lo más mínimo.
El narrador, que ya por fin se ha librado del gris copista, experimenta un nuevo sentimiento hacía él. Va a buscarlo a la cárcel y se identifica como su amigo. La situación de Bartleby lo conmueve a tal grado que decide ayudarlo. Pero ya nada puede hacerse porque entre las muchas cosas que Bartleby ha decido no hacer, está la de alimentarse.
Al final el lector no puede evitar sentir compasión por el desventurado copista, pero no por su conducta absurda que lo lleva a su perdición, sino por lo que el narrador expresa al contemplarlo. Bartleby representa lo absurdo e irracional, y su comportamiento viene a ser demasiado ficticio, pero el narrador representa sentimientos muy humanos, tales como la tolerancia y la compasión.
Conforme se recorren las breves páginas de la obra, el lector se da cuenta de que el protagonista no es, a pesar de todo, Bartleby, sino el narrador. El abogado de Wall Street, lejos de echar a patadas al oscuro personaje que le hace perder dinero y tiempo, trata, sin poder, de comprenderlo y termina de alguna forma adoptándolo al intentar convertirse en su protector.
Bartleby, el escribiente es considerado uno de los mejores relatos de la literatura universal. El honor se lo ha ganado, indudablemente, por meritos propios. Aunque, por si le faltara algo para que sea buscado por los lectores, una de sus traducciones al español, sin duda la más conocida, la realizó el celebre escritor argentino Jorge Luis Borges, el nunca galardonado con el Nobel de Literatura y, según la creencia de muchos, merecedor indiscutible.