LOS MÁS LEÍDOS

20 oct. 2012

Libros que recomiendan libros


Recapacitando hace unos días sobre cuáles son mis fuentes de apetito cultural -no siempre satisfechas por falta de tiempo-, me vinieron a la mente todas las cosas y sucesos que me ponen enfrente libros…, libros que me despiertan el interés, libros que anoto, que me hacen meterme a la página de mis librerías habituales para ver si los venden allí.
En esta vida, para los que nos hemos hecho adictos a la lectura de manera incurable, la lista de libros pendientes crece y crece y si algo sabemos con exactitud es que nunca podremos cubrirla. Jamás. Vivir 157 años como el turco Zaro Aga no remediaría las cosas, por el contrario, la lista sería mucho más extensa.
Creo que la actual etapa filosófica en que nos hallamos -no la de la postmodernidad sino la del Internet- hace que la lista de libros pendientes de un lector sea más grande. Se nos bombardea con propaganda de todo tipo de productos, y los libros, para el editor y el librero, son un producto como cualquier otro y tienen que promocionarlo como tal. Así las cosas, diario sabemos de la existencia, en promedio, quizás de diez libros. Uno de ellos por lo menos nos parecerá interesante, o bueno, o excelente, y lo añadiremos a nuestra lista, sin la promesa de una pronta lectura.
Pero no sólo la tele, la radio y el Internet nos recomiendan libros. Acabo de percatarme de que muchas veces mis mejores consejeros son otros libros. Quizás alguien ya pensó que los ensayos escritos en lengua española comúnmente traen al final una larga o modesta lista de fuentes bibliográficas. Es cierto que ésa es una de las formas en que hay libros que recomiendan a otros libros, pero no es a la que quería referirme, porque en esos casos la recomendación es muy fría y no despierta tanto el interés.
Hace unas semanas leía una novela muy agradable, y el protagonista de ésta tenía por libro favorito otra novela policíaca de los 50s que más de una vez recuerdo haber despreciado en las librerías. En cuanto terminé una novela ya tenía la otra lista para iniciar la lectura. No me gustó tanto como al mencionado protagonista, pero la disfruté. Y lo importante aquí es que haciendo memoria, muchas veces algunos libros me han recomendado otros libros. Y ése quizás sea el método más honesto del marketing que rodea al mundo literario.

13 oct. 2012

¿Y quién conocía a Mo Yan?


Yo no. Mario Vargas Llosa tampoco lo ha leído, según acabo de enterarme. Apenas hace una hora tomaba un café con unos amigos, adictos lectores, y me dijeron que también ignoraban que el chino existe. Veo en la red que esta vez la crítica y en general todo el mundo que se mueve alrededor de la literatura tenía la guardia baja. Esperaban que el Nobel de Literatura se lo llevara Paul Auster, su paisano Philip Roth o el japonés Haruki Murakami, ¿por qué? Porque son los más vendidos.
Que el Nobel de la Paz de unos años para acá sea entregado sólo a quienes tienen las cámaras de televisión encima -dejando a un lado a valientes que tuvieron el valor de enseñarles los dientes a los nazis-, no quiere decir que tenga que ser lo mismo con el de Literatura.
Los candidatos al Nobel no tienen que ser los que aparecen en las listas de los más vendidos. Si eso fuera Dan Brown ya habría ganado cuando menos dos. Pero lo cierto es que muchos así lo estaban empezando a creer. Y con la sorpresa llamada Mo Yan los de la Academia Sueca han querido recordarnos que las ventas y la fama no son un camino recto al Nobel de Literatura.
Ahora lo que falta es leer a ese Mo Yan. Sin duda debe de tener mucho talento para que se fijaran en él siendo fuera de su China casi un desconocido. Me supongo que sus libros, que circulan en español de manera modesta, pronto recibirán más atención. No iré corriendo a las librerías a buscar uno, pero pienso leerlo pronto. Veremos. Veremos si el candidato que eligieron los de la Academia Sueca para revestir de prestigio a su galardón fue el ideal.

1 oct. 2012

La difícil tarea de promocionar un libro


Cuando un libro sale a la venta amparado por una editorial grande lo vemos hasta en la sopa. Se ponen grandes carteles en las entradas de las librerías, con varios volúmenes forman pirámides en los pasillos, lo encontramos en los escaparates, detrás del cajero que nos cobra, cuando entramos y cuando salimos del establecimiento. Al autor lo entrevistan los líderes de opinión, en la tele y en la radio, que tienen una audiencia que puede ser de varios millones de seguidores.
También hablan del libro los más prestigiados críticos, quienes escriben estupideces como “Una historia trepidante que enganchará al lector desde la primera página”, o “Si Cervantes viviera sin duda querría leer esta novela”, “Una obra deliciosa que mezcla muy bien la intriga y el romance” y otras tantas idioteces que quizás los críticos ya tienen escritas en un archivo y sólo se las pegan a las novelas que reseñan en una especie de sorteo, porque siempre son las mismas.
Pero cuando el libro es editado por una pequeña editorial de limitados recursos, ninguno de esos críticos que gustan de las historias trepidantes que seducen desde la primera página se ocupa de él. Quizás muchos no lo sepan, pero hay editoriales donde el editor es el que diseña la portada, maquetea el libro, elabora los contratos, se encarga de la distribución y sirve de secretaria en la oficina. Una editorial así, sencillamente no tiene recursos para hacer que muchos lectores sepan de sus libros.
Estos editores probablemente se la pasan preguntándose cómo promocionar adecuadamente un libro sin gastar tanto. Pero tal cosa es prácticamente imposible. Una pequeña editorial quizás consigue la reseña de diez o quince blogueros, que tendrán en promedio cien lectores por día. Los críticos que trabajan  en los grandes diarios quizás tengan en promedio cien mil lectores por día. La diferencia es abrumadora.
En las librerías el trato que se les da a estos libros tampoco los beneficia mucho. Los ponen allá en el rincón más apartado, donde para verlos hay que hacer una revisión similar a la que hace un arqueólogo en la tumba de un faraón.
Hace falta en estos casos mucha audacia de parte del editor y del propio autor para lograr que se sepa que un libro existe. No se puede competir con una campaña promocional de doscientos mil euros, eso está bien claro, pero hay una gran ventaja en estos tiempos: la gran abundancia de medios de comunicación que la mayoría de las veces no tienen costo alguno. Es cierto que un solo bloguero con cien lectores al día poco puede hacer, pero quizás mil blogueros hagan las cosas de mejor de manera. Lo difícil es hacer que el libro llame la atención de tantos como para que decidan comprarlo, leerlo y reseñarlo. Allí es donde la creatividad se vuelve indispensable. Un editor con pocos recursos aun así puede dotar a un libro de tres grandes armas que le ayudarán a llamar la atención de posibles lectores: el titulo, la portada y la sinopsis.