LOS MÁS LEÍDOS

10 ene. 2013

El oficio de lector


Hace poco hacía cálculos con algunos compañeros de trabajo sobre cuántos libros se pueden leer en una vida promedio de 60 años. Coincidimos en que 3.000 son la cantidad más aproximada para un lector asiduo que tiene que trabajar para vivir y que sólo cuenta con unas pocas horas al día, durante la noche, para dedicarlas a la lectura.
Y días después llegué a la conclusión de que 3.000 es una cifra triste, desesperanzadora si pensamos en el amplio universo que es la literatura. Dumas, Dickens, Cervantes, Dostoievski, Borges, Tolkien, Baudelaire, Tolstói, Paz (Octavio), Hugo, García Márquez, Defoe, Auster,  Swift, Poe, Wilde, Gógol, Delibes, Roth, Grossman, Vargas Llosa. Los menciono así porque con esa arbitrariedad los leo. Y mencioné ésos porque ésos me vinieron la mente. Pero son tantos. Tantos que 3.000 libros me parecen tristemente pocos al pensar que difícilmente podemos leer más en esta vida.
Me faltó mencionar desde luego a los clásicos. Y a los grandes poetas alemanes, que uno no se explica cómo una cultura tan fría ha sido capaz de producir poetas tan buenos. Y a muchos más. A muchos que conozco y admiro y a otros que nunca podré conocer por falta de difusión, porque no se han atravesado en mi camino.
Son pocos en realidad los libros que alcanzaremos a leer. Por eso me ha dado por llamar al acto de leer oficio. ¿Por qué? Porque un oficio se desempeña bien o mejor no se hace, porque nuestro oficio enseña lo que somos, nuestras miserias y nuestras grandezas (cuando las hay), y si no podemos desempeñar nuestro oficio bien nos llenamos de vergüenza. Un oficio, en suma, exige toda nuestra concentración, y muchas veces nuestra estabilidad emocional radica en que lo hagamos bien.
Leer, o lo que es lo mismo para este fin, ser aficionado a la literatura, encierra una responsabilidad moral. La lectura es la cultura, no la estupidez. Lamentablemente confundirse es muy sencillo. He descubierto en los últimos años que saber diferenciar un libro infumable de una obra maestra es algo que a veces no se aprende nunca. Y tampoco es algo que se pueda enseñar. Hace unos meses una señora de 80 años se me enfrentó con actitud desafiante para defender la calidad literaria de La conjura de los necios. Me echó encima su currículo como académica para reforzar sus argumentos.
¿Qué le podía yo decir? No se me ocurre nada qué argumentar ante quien defiende con tamaño ardor a una de las peores novelas que circulan por las librerías con fama de obra maestra. Por más que hubiera dicho, jamás habría podido convencer a la señora, y hacerlo tampoco era algo de mi interés.
Pero me quedé pensando en que el criterio para valorar una novela a veces no evoluciona nunca. No es como con las películas, con la decoración de una casa o con la ropa. Pero quizás merezca el esfuerzo no sólo leer, sino aprender a apreciar la verdadera literatura. Después de todo, en esta vida no se pueden leer muchos libros. Por lo menos no todos los que quisiéramos. Y eso triste.