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30 jun. 2012

La era de los escritores jóvenes


Hace días que no me apetecía entrar al blog. No ando de ánimos. Cosas que pasan. Pero a veces escribir me ayuda a relajarme, incluso más que leer. Cuando estoy perturbado difícilmente puedo leer una página de un libro, que es mi mayor vicio, en cambio sí puedo escribir, aunque sea mal, como lo hacemos muchos. No hay que ser Borges u Octavio Paz para escribir. Si eso fuera habría pocos libros en las librerías.
En cambio, porque muchos sin el menor talento se ponen a juntar letras y palabras, y porque hay editores que se han convencido de que todo libro, si se le acompaña de una conveniente campaña de promoción, vende, las librerías están llenas de libros que van cambiando constantemente, como la fruta en un mercado, como si pudieran echarse a perder.
Hace poco leí una opinión respecto a que ya no estamos en la era de los escritores. Eso es un enorme error. Estamos en la era en que leer es una moda. Los escritores, algunos, alcanzan fama de autor hollywoodense, aunque para ello es necesario escribir sobre vampiros guapos y niños magos. Las señoras Rowling y Meyer -muy buena escritora la primera y malísima la segunda- han creado dos modas que abrieron innumerables puertas a escritores jóvenes, para los que antes sencillamente no había muchas.
En el pasado la obra de un escritor joven jamás, o rarísimas veces, era elogiada por la crítica. “Buen inicio” era el mejor comentario que podía recibir. Y ser joven, como escritor, era regularmente alrededor de los 30, cuando ya se había terminado la universidad, cuando ya se había merendado una biblioteca de considerable tamaño, cuando el corazón empezaba a latir más lentamente.
Hubo casos de escritores  con fama precoz, pero fueron rarezas. Hoy en día todo ha cambiado. Estamos en la época de los escritores jóvenes. Algunos en sus 25 ya llevan varios títulos publicados y tienen bien labrada cierta fama. La literatura para jóvenes hoy, casi toda, la escriben jóvenes. Y, curiosamente, los jóvenes hoy en día son quienes más leen.
Es extraño que una época en la que la tecnología brinda innumerables maneras de perder el tiempo se lea tanto. Es extraño y bueno. Lo malo, porque siempre tiene que haber algo malo, es que la literatura para jóvenes es casi siempre pésima. Y no digo que sea porque es escrita por jóvenes, hay muchos con la cabeza llena de talento, lo digo porque se pública la peor que se escribe.
La crítica profesional, incluso, muchas veces baja la guardia. Se les dan premios y se les atribuye una maestría excepcional a autores malísimos. ¿Por qué? No lo sé. Los críticos ya no son los mismos de antes. No me imagino a Borges escribiendo una reseña para resaltar las cualidades literarias de Crepúsculo. Pero muchos críticos sí lo han hecho, quizás para adaptarse a la moda, para no ser considerados radicales, o para que no los corran del diario donde trabajan.
Lo extraordinario a fin de cuentas es que en esta difícil y hermosa época en que vivimos a los jóvenes les ha dado mucho por leer. Y gracias a eso otros jóvenes han podido publicar sus libros, porque los jóvenes buscan a más jóvenes para sentirse a gusto. Tiene, después de todo, lógica la cosa. 

17 jun. 2012

Libros autoeditados


Existen muchos autores que se cansan de buscar un editor y ellos mismos imprimen su libro y lo distribuyen en la medida de sus posibilidades. Esos libros lamentablemente no se venden, o se venden bien poco. Si no hay promoción y una adecuada distribución no puede ser de otra manera. El famoso fenómeno de boca a boca rara vez se presenta.
Yo soy de los lectores que compran esta clase de libros. Algunas veces porque se adaptan al tema que estoy investigando en el momento o simplemente porque por una extraordinaria casualidad los veo en el rincón que les tocó en la librería, los hojeo y, si me atraen, me los llevo sin fruncir el ceño si es que no son baratos, ya que no tienen que serlo a fuerzas.
Hoy en día ya no hace falta ser valiente para autoeditar un libro. Se puede hacer gratis en plataformas como Amazon. Allí sin duda están ya algunas obras maestras que por falta de difusión nadie o casi nadie compra. Y también porque los lectores les tienen miedo a los libros autoeditados y los evitan. Y ese fenómeno ocurre por culpa de los… autores.
De los muchos libros autoeditados que me he leído, en la gran mayoría he hallado erratas al por mayor. A veces en la primera página abundan. No sé francamente qué piensan algunos autores cuando autoeditan sus libros. Los quieren, quizás, más que a sus hijos y creen que cuando escriben el último párrafo ya son perfectos, obras maestras incuestionables que no requieren la más mínima revisión.
Siendo sincero, me consta que muchos autores autoeditan obras verdaderamente infumables. Quizás algunas tendrían mejor calidad pero es imposible hallarla por la abundancia de erratas. Así jamás un lector prestaría seriedad a un texto, y por la misma razón casi nadie confía en los libros autoeditados. 
No me explico por qué, si un autor cree que su libro merece ser publicado, no se lo lee él mismo. Así limpiaría el mar de erratas que es casi siempre un libro recién terminado.
Hasta los autores consagrados dejan erratas en sus libros. En las editoriales tienen que someterlos a un profundo proceso de limpieza. Y cuando un autor autoedita su libro, ese trabajo le toca a él. Se tiene que leer el libro cuando menos unas cinco veces. Después estará casi limpio, con unas cuantas erratas justificables en una primera edición, pero no veinte por párrafo como ocurre con la mayoría de los libros autoeditados.
Sería bueno que los autores se quitaran la pereza de encima y al terminar sus libros no se dedicaran a tratar de publicarlos, sino a limpiarlos. Así subiría la calidad de libros autoeditados y los lectores confiarían en ellos. Se venderían.
No es justificable que los autores no sean muy buenos con la ortografía o que no tengan recursos para acudir a una editorial que publique libros autoeditados o a un experto. Si alguien quiere escribir libros primero tiene que aprender a escribir bien el idioma en que lo hará. Ésa es una regla básica. Un diccionario de la RAE puede conseguirse fácilmente. No hay pretextos.
Quizás de cada cien libros autoeditados que salen a la venta, en formato impreso o digital, cinco están bien escritos, por  autores que saben lo que buscan y que han dedicado el tiempo justo a sus obras hasta considerar que están listas, y los otros noventa y cinco sean verdaderas payasadas impresentables que sólo perjudicarán a los cinco buenos, aumentando la mala fama que tienen los libros autoeditados.

11 jun. 2012

Piratería literaria


Afortunadamente para los editores del pasado, que no de los del presente, los piratas, de ésos que ya no usan parche y quizás ni el mar conocen, habían fijado siempre la mirada en la música y las películas, dejando los libros como un negocio para ellos poco lucrativo. Se lee menos que se escucha música y se va al cine, y además el reproducir un libro pirata no tiene por qué ser más barato que un original.
Cierto que han habido libros piratas, que muchos tal vez tenemos uno en nuestra biblioteca y no lo sabemos. Pero el fenómeno ha sido más bien modesto. Los editores, los dueños de las grandes editoriales, podían vivir tranquilos en sus mansiones, que los piratas no les afectarían sustancialmente.
Todavía muchos no se espantaron tanto con el Internet. Al contrario, los benefició. Ni de chiste se habrían vendido tantos ejemplares del niño mago sin esta cosa que hoy nos ocupa buena parte del día. Y aunque aparecieron los libros digitales, leerlos frente a un monitor no es nada recomendable, a nadie le gusta, por lo tanto los editores siguieron tan tranquilos.
Pero después del libro electrónico surgió lo que era de esperarse: el lector para esos libros. Y ahora sí se prendieron las alarmas. Los editores, a pesar de que producir una copia no les cuesta nada, temen ponerla a la venta porque el primer comprador podría subirla gratis a la red. Hemos llegado a una época en que la piratería de los libros puede competir, en porcentaje de pérdidas, con la de la música.
Ya abunda información al respecto. Se venden lectores pero, extrañamente, no se venden libros. Muchos que compran un lector lo hacen no con la intención de leer libros más baratos sino de leerlos gratis. ¿Para qué comprar un libro -pensarán- si se puede bajar de la red sin pagar?
Lo extraño es que apenas estamos en la época de los debates, y los libros electrónicos ya son un artículo  muy consumido. Todo mundo está de acuerdo en que si la cosas funcionaran bien, sería un negocio muy lucrativo. Dos euros o cuatro dólares por una copia de un libro que no costó nada producir es el cielo a un metro de altura para editores y escritores… El problema es que los lectores se niegan a pagar siquiera esas pequeñas cantidades, porque el Internet, que también educa, los ha acostumbrado a que se pueden conseguir gratis muchas cosas.