LOS MÁS LEÍDOS

24 feb. 2012

La función del crítico

No sé si todos los blogueros que escriben reseñas literarias se consideran críticos. Al leer algunas me he dado cuenta de que muchos no se ven así. Yo, por mi parte, desde este rincón, sí me considero uno. Criticar, para mí, es la única forma de hablar de un libro. Y por más que lo pienso no creo que sea posible desgajar una obra literaria sin poner en evidencia lo mejor o lo peor de ella, o ambas cosas.
Muchos han hallado la forma de decir que un libro es una obra maestra cuando en realidad es una completa bazofia. Quizás para tener tal postura ni siquiera sea necesario leer el libro. O quizás, incluso, sea más fácil decir que es bueno si no se ha leído, por aquello de la conciencia.
He leído muchas veces a personas que aseguran que un crítico puede decir que un libro es muy malo y otro que es muy bueno sin que ninguno de los dos mienta, porque, dicen, las opiniones pueden ser muy variadas de acuerdo al criterio de cada persona. Yo sé que todos pensamos de forma diferente y sostengo que eso es muy bueno porque nos da una identidad propia. Pero veo difícil que un crítico con experiencia encuentre un libro que es malo bueno aunque le guste.
Quien durante diez años se ha propuesto leer sesenta libros al año y ha cumplido la cuota aunque sea el 31 diciembre mientras brinda con su familia, seguramente ya tiene un criterio al que es difícil o imposible engañar, aunque trate de probar lo contrario. Una persona así ya sabe que un libro es bueno cuando ofrece una buena historia y está bien escrito. Eso, a fin de cuentas, es todo lo que necesita un libro para alcanzar la categoría de bueno.
Alguien podría decir que la evaluación respecto a una buena historia varia de acuerdo al criterio de cada persona, porque finalmente todos tenemos gustos diferentes. Yo digo que no, una buena historia no deja de serlo por más que no guste a algunos. A mí no me gusta Cien años de soledad, pero no me cabe la menor duda de que es una extraordinaria historia muy bien escrita, digna sobradamente de todo el reconocimiento que ha recibido. García Márquez la construyó de manera magistral, sin dejar huecos a pesar de que era difícil no hacerlo en una novela de ese tipo.
Hace poco escribí una reseña de La conjura de los necios,  obra póstuma de John Kennedy Toole, en la que dije lo que es evidente al leer el libro: que es una mala novela. Las circunstancias poco usuales en las que fue publicada quizás ablandaron demasiado a la crítica de su tiempo que la convirtió en una novela de culto, sin que sea digna de ello. Es cierto que inicia de manera extraordinaria y que maneja un humor negro excelente y personajes que despiertan el interés, pero también es cierto que a la mitad del libro todo se cae, se vuelve repetitivo y ocurren muchas cosas que no tienen sentido alguno.
Sin embargo, encontrar una crítica negativa de esta novela es muy difícil, aunque sí hay algunas, y yo me pregunto ¿por qué casi todos dicen que es buena?, ¿porque les gusta realmente o porque críticos de renombre ya lo dijeron antes? Algunas veces me he dado cuenta de que a pocos les gusta discrepar con los “críticos profesionales”, opinar como la mayoría es una buena forma, a fin de cuentas, de no equivocarse. Pero cuando críticos de renombre enaltecen una payasada inleíble sólo porque la edita una gran editorial y la escribió un autor famoso ya es difícil creer en ellos.
Vuelvo a repetir algo que ya dije para no sembrar dudas: una buena novela es la que, por principio de cuentas, está bien escrita, ofrece una buena historia con un argumento sólido que no deja huecos ni tiene fragmentos y diálogos torpes a los que no se les encuentra un sentido claro. Y reconocer que es buena es el deber de todo crítico honesto, aunque no le guste la obra. Igualmente es fácil identificar una pésima novela, y no deberíamos tentarnos el corazón para decir que es horripilante por más que todos digan lo contrario. 

22 feb. 2012

El fantasma de Canterville

Creo que a algunos -o por lo menos a mí- nos pasa que llegamos a pensar que  Oscar Wilde es El retrato de Dorian Gray, polémica y nada más. La extraordinaria producción literatura del irlandés a menudo queda eclipsada por esa fantástica novela que desató una polémica monumental y que se ha convertido en una obra imprescindible para cualquier amante o cuando menos pretendiente de la literatura.
Muchas veces he releído algunas partes de El retrato de Dorian Gray en lugar de ponerme a leer una obra de Wilde desconocida para mí. Pero recientemente leí en el blog de Andromeda una reseña de un relato de Wilde que me invitó a leerlo casi de inmediato. Se trata de El fantasma de Canterville, una pequeña obra muy digna de su autor que deja un buen sabor de boca.
Sir Simon de Canterville es un temido fantasma que habita la ancestral mansión de su familia como tantos fantasmas que se han negado a abandonar la casa donde habitaron en vida. La carrera del aristocrático espectro es impresiónate, durante tres largos siglos poner los pelos de punta ha sido lo menos que ha logrado con sus víctimas que se atreven a visitar su residencia. Ejerce su oficio de manera magistral y se ha dado el gusto de casi mandar a la tumba de un susto a cuantos ha querido, hombres y mujeres, no discrimina.
Un buen día el embajador de los Estados Unidos en el Reino Unido adquiere la mansión y se traslada a vivir allí con su esposa y sus cuatro hijos. Antes de eso se le advierte de la presencia de Sir Simon en su nueva casa, pero el yanqui no le presta la menor importancia al hecho. 
El problema para Sir Simon empieza cuando descubre que los yanquis no se asustan con nada, por el contrario, lo asustan a él. Los hijos pequeños del Embajador, un par de gemelos  insufribles, se la pasan haciéndolo quedar en ridículo. El propio embajador llega a plantear a su familia la opción de despojar al fantasma de sus cadenas si éste no acepta engrasarlas para que así los deje dormir.
El fantasma, dadas las circunstancias, no sabe qué hacer. Su capacidad, la única de que dispone, es asustar, pero si esos yanquis modernos no se asustan con nada entonces no le queda más que el retiro y si eso no es posible cuando menos el cese de las hostilidades.
En este pequeño relato se puede ver el estilo irónico de Wilde, su perfecto conocimiento de la sociedad victoriana en que vivió y su poco respeto por ella.
Al final nos ofrece a un yanqui y a un británico, ciudadanos de dos potencias imperialistas en franca competencia, empeñados cada uno en que el otro se quedara con unas joyas de un valor incalculable que habían pertenecido al fantasma. Ése era Wilde, un experto en burlarse de todo aquello que lo rodeaba, quizás porque todo aquello que lo rodeaba también se mofaba de él. 

14 feb. 2012

El príncipe de la soledad

Después del descomunal éxito de Harry Potter, de Crepúsculo y de la manía que se desató por El Señor de los Anillos como consecuencia de la trilogía cinematográfica de Peter Jakson, las librerías fueron inundadas por novelas fantásticas tan aterradoramente malas que casi provocaron que yo solicitara ayuda psicológica. Por algún tiempo dejé de leer obras de ese tipo,  y no es que el género no me agrade, al contrario, lo disfruto mucho, lo que ocurre es que me hice bastante desconfiado después de leer reseñas de “obras maestras” de las cuales difícilmente podía leer veinte páginas. Pero si novelas aterradoramente malas me alejaron del género fantástico, vuelvo a él gracias a una novela aterradoramente buena.
Recientemente terminé de leer El príncipe de la soledad, de Adam J. Oderoll, una fascinante historia con personajes bastante bien concebidos que se mueven en una atmósfera de misterios y de sentimientos ocultos.  
El amor en esta novela es algo muy sutil. Hay personajes que no dicen que aman ni que tienen una descomunal hambre de ser amados, pero pequeños actos de su parte lo sugieren, algunas veces tan pequeños que casi son imperceptibles. Lo mismo ocurre con la amistad y la lealtad, y  confieso que detalles de ese tipo hicieron que la novela me pareciera magistral. No me gusta mucho cuando el escritor dice todo lo que sienten los personajes, prefiero entenderlo por pequeñas pistas que ellos nos dan.
Al principio todo indica que la historia gira entorno a un joven que está dispuesto a vengar la muerte de su padre y a la ausencia de un líquido vital, pero poco a poco va revelándose el nombre de un ser malvado -que por el misterio que lo rodea me recordó a Voldemort- muerto muchos años atrás y que debería ser parte del pasado, pero sin embargo ocurren extraños sucesos que evidencian que él o alguien muy cercano a él anda por allí, acechando a los más débiles.
Aunque no hay un protagonista definido, dos personajes tienen mucho peso en la historia: Baon y Albram. El primero es un joven algo extraño, dice poco y hace menos, pero su mirada intimida aun a quienes no tienen motivo alguno para temerle. Todos los que lo rodean se sorprenden de lo valiente que puede llegar a ser cada que está en peligro,  pero aun así sus mejillas cambian de color cuando se encuentra junto a la chica que ama.
El otro, Albram, es probablemente el personaje más atrayente de todos. Su personalidad de ángel malvado que en el fondo quizás es bueno es tan compleja que me cuesta describirla. A pesar de ser muy joven, Albram es uno de los seis jueces, principales autoridades del mundo en donde vive, pero la suerte de quienes dependen de él parece importarle muy poco, debido tal vez a que siempre lo han cuestionado por su polémico nacimiento. Sus actos inexplicables y su personalidad explosiva y cínica, hacen que uno se pase la novela preguntándose ¿qué pretende Albram?
Algunos encontrarán el valor del libro sólo en su calidad literaria, que en mi experiencia es extraordinaria, pero yo prefiero quedarme con uno de los temas filosóficos que toca y que me ha conmovido, el respeto a los indefensos por una muy sencilla pero poderosa razón: nadie tiene derecho a hacerles daño.
Por último, el autor dejó la obra sembrada de frases extraordinarias, para muestra un botón, la que más me gustó:

El honor sólo se lleva con elegancia mientras la vida no está en peligro.

En el blog de la novela puede descargarse gratis.

11 feb. 2012

Rebelión en la granja

Hay dos formas de entender cómo fue la extinta URSS. La primera: leyendo ensayos de Rusia en la época de los zares  sobre la situación en que vivían los campesinos, más ensayos sobre la Revolución rusa y la Primera Guerra Mundial, biografías de Nicolás II, Lenin, Stalin, Trotsky, Molotov, sin pasar por alto la producción literaria de Marx, Engels y sobre todo de Lenin, y quizás también sea recomendable husmear en la historia del panorama europeo en la época de la decadencia de las monarquías y leerse uno que otro libro sobre los Estados Unidos. La segunda y más rápida: leyendo Rebelión en la granja, una pequeña novela del británico Geroge Orwell publicada en 1945 que se termina en una tarde y que no decepciona. 
Rebelión en la granja es una sátira del sistema soviético que inicia con el derrocamiento de Nicolás II y termina cuando ya nadie podía oponerse al poder de Stalin. Resulta cuando menos sorprendente  ver cómo Orwell valiéndose de animales y de una novela corta nos brindó una obra de un valor incalculable para comprender que las mieles del comunismo después de beberlas quemaban las entrañas.
El señor Jones (Nicolás II) es el dueño de la Granja Manor, y da a sus animales el trato que cree que merecen sin concederles la menor consideración por ser lo que son. El viejo cerdo Mayor (quizás Marx) justo antes de morir alienta a los animales con la posibilidad de una rebelión con la que puedan quitarse el yugo de los inútiles y despiadados humanos. Snowball y Napoleón (Trotsky y Stalin respectivamente), dos cerdos con muy pocas pulgas, no se lo piensan mucho y en la primera oportunidad que tienen derrocan a su opresor humano echándolo de la granja.
Una vez que el control está en manos de los animales, todo pinta bastante bien porque el único problema que había en la granja eran los humanos y ya se han ido. Los animales establecen unas cuantas reglas que algunos sí pueden aprender y se dedican a vivir para sí mismos en franca prosperidad. Los cerdos, que son los más inteligentes y no se les dificulta aprender a leer, se autoproclaman lideres vitalicios. El problema, el primero, es que Snowball y Napoleón no se llevan bien y cada uno se la pasa desaprobando lo que hace el otro.
Snowball es bastante inteligente, más que su opositor, y por si eso fuera poco, el día que Jones trata de recuperar la granja organiza un improvisado ejército y derrota al enemigo con varias brillantes maniobras sin recibir más que una lamentable baja. Pero Napoleón, tan mañoso como Stalin, toma bajo su custodia a nueve perros desde que nacen, los entrena y los vuelve un despiadado ejército que utiliza para echar a Snowball de la granja salvando éste de milagro la vida.
Cuando Napoleón se hace con todo el poder, inicia una propaganda para destruir la reputación de Snowball: él no peleó valientemente cuando Jones trató de recuperar su granja, en realidad fue reprendido por cobardía, y quien sí dio muestras de un valor incomparable fue Napoleón.  Snowball, se descubre más adelante, en realidad era un espía de Jones y todos sus esfuerzos estuvieron dirigidos para que éste ganara la batalla. También se revela que Snowball acude todas las noches a la granja a sabotear el trabajo de los otros, y por lo tanto la carencia de casi todo no es culpa de las malas decisiones de Napoleón, sino de Snowball. Los animales, torpes y olvidadizos, al principio dudan lo que se les está diciendo, pero los perros de Napoleón echan convenientes y terroríficos rugidos si alguien se resiste a creer en la propaganda de los cerdos.
Poco a poco la granja se trasforma es una cruel dictadura donde cualquier animal sospechoso de traición es inmediatamente destrozado por los perros. Los siete mandamientos que se escribieron al principio para que todos vivieran felices y en paz, son constantemente cambiados según convenga a Napoleón y a sus cerdos. Y finalmente se revela que el amo animal es mucho más despiadado que el amo humano que los animales más viejos creen recordar haber tenido.  

9 feb. 2012

Blogs y editoriales

Antes de crear este blog, hace apenas tres meses, sabía lo que quería obtener con mis reseñas: credibilidad. Era importante para mí no sólo atraer lectores, sino que éstos se fueran de mi blog con la seguridad de que al reseñar había sido sincero.
Ya hace mucho tiempo que sigo ciertos blogs, algunos bastante buenos que transmiten una credibilidad incuestionable y de los cuales me he apoyado a la hora de escoger mis lecturas. Lamentablemente no en todos los que he visitado me ha pasado lo mismo. Disfruto, y mucho, leer a quien bien escribe y a veces en mis noches de insomnio me pongo a leer reseñas, sin que eso signifique que me las crea todas aunque me guste cómo escribe quien las hizo. 
Algunas veces me da la impresión de que quien escribe en algunos blogs que sigo jamás lee libros malos. Y quisiera que así me pasara a mí, porque constantemente estoy leyendo obras de pésima calidad y no lo puedo evitar; de que un libro es malo me entero lamentablemente cuando ya lo compré y lo estoy leyendo. Precisamente para evitar eso tengo mis blogs de cabecera, con la intención de enterarme de la existencia de obras imprescindibles que se me han pasado. Pero aun así me es imposible no apoderarme de libros malos que cuestan, después de todo, lo mismo o más que los buenos.
No sé bien decir qué tiene que tener una reseña para que me la crea ciegamente. Eso depende mucho de cómo esté escrita y sobre todo de los aspectos del libro que resalte. Pero sí sé decir si un blog me inspira confianza. Cuando en un blog leo siempre reseñas positivas, figura allí el precio del libro y el que escribe nos apresura a aprovechar la oferta y comprarlo, me siento como si estuviera viendo un comercial en la televisión. Y es que ésa no es la forma en que yo decido qué leer. Cuando leo una estupenda reseña, que provoca que casi me sienta torpe por haber ignorado la existencia del libro, poco me importa su precio y si es caro dejo de comprar otros tres para comprar únicamente ése.
Creo que todos los blogeros sabemos que las editoriales regalan libros a quienes tienen un mayor número de lectores y suben sus reseñas con una continuidad que otros por sus demás ocupaciones no pueden igualar. Por supuesto que lo anterior no es malo, ésa es una muy buena forma de que alguien vea crecer su biblioteca sin descapitalizarse, pero eso tal vez provoca algún tipo de agradecimiento en el blogero, y si sus reseñas jamás son negativas y tampoco despedaza a un libro que sobradamente lo merece… yo no me las creo. No siempre.
Cierto es que para todo hay gustos y que si un libro a mí no me agrada a alguien más sí puede agradarle, pero la experiencia nos brinda un poco de criterio y a veces aunque un libro nos guste porque es del género que mas nos apasiona no podemos negar que es malo, que el argumento está mal concebido, la trama mal estructurada y tiene diálogos torpes e innecesarios. A mí me ocurre a veces con algunas novelas policíacas que leo hasta el final disfrutándolas, pero no paso por alto que están sembradas de errores. 
Pero volviendo al tema de la credibilidad, fue por lo anterior que al crear mi blog decidí que no pondría portadas, no mencionaría precios, editoriales, fechas de última edición y que reseñaría libros pésimos, malos, regulares buenos y hasta uno que otro excelente. Tengo pensado algunas veces violar las reglas,  hay portadas que merecen que las ponga porque son estupendas o cuando menos a mí me gustan, también hay editoriales que a veces envían al mercado un extraordinario trabajo y quizás en algún momento me dé por mencionarlas.
En cuanto a mis reseñas, jamás pienso discriminar. Los días que tengo ganas de escribir una, voy a mi biblioteca, recorro mis libros con la mirada y decido en ese momento cuál reseñaré, sin importarme lo viejo que esté, lo poco o nada conocido que sea el autor y si está de momento en las librerías o no. Yo reseñaré el libro, y si a un lector le parece que vale la pena, dependerá de él ver cómo lo consigue.
Por último, espero que ningún blogero que acostumbra poner precios de los libros y demás detalles para aclarar las dudas del consumidor se sienta ofendido por esta reflexión, no ha sido mi intención ofender a nadie. 


6 feb. 2012

La columna de hierro

Taylor Caldwell fue una famosa escritora británica que pasó la mayor parte de su vida en los Estados Unidos, país al que llegó a admirar profundamente, y no digo esto último porque sea un especialista en su biografía -poco me importan las vidas de mis escritores favoritos-, sino porque en su obra pueden verse los sentimientos que la unían a su segunda patria.
La columna de hierro es su novela más valorada hoy en día, fue publicada en 1965 y dedicada al infortunado presidente John F. Kennedy. Se trata de una biografía novelada de Marco Tulio Cicerón, el gran abogado romano de los últimos tiempos de la Republica. He conocido a muchas personas que tienen esta obra entre sus libros favoritos, y también ocupa un lugar de honor en mi biblioteca, pero no  precisamente por su valor como obra literaria -en ese aspecto la calidad es poca-, su importancia radica en que se trata de una excelente critica al descomunal deseo del Estado por acapararlo todo, y aun sin ser tan directa como Rebelión en la granja, tiene páginas totalmente magistrales.
La novela inicia poco antes del nacimiento de Cicerón, un acaudalado niño romano que es educado, sin ser patricio, como tal, con preceptor particular y con un rígido adiestramiento para que perfeccionara  el griego y el latín, requisitos obligatorios en todo romano culto. Desde la niñez Cicerón conoce a dos personajes que serán cruciales en su vida, sobre todo en su carrera política: Lucio Sergio Catilina y Julio César. El primero lo adoptaría como enemigo a muerte y el segundo como su hermano mayor. Al llegar a ser un prominente abogado, Cicerón no duda en acosar a los poderosos y si salva la vida es porque la mano de su amigo César lo protege desde la oscuridad.
El Cicerón que Caldwell nos ofrece en sin duda mucho mejor que el original -aun siendo el original digno de admiración-: abogado de las víctimas del Estado, luchador incansable para que las instituciones no fueran absorbidas por el ejército y por alargar la vida de la desahuciada Republica. Tanto Cicerón como César sabían que el uno era un peligro para el otro y aunque tuvieron cada uno en su momento el poder para destruirse no lo hicieron. El uno no imaginaba su vida sin la Republica y el otro quería ser emperador; se obstaculizaban y se espiaban y sin embargo se querían bien, siempre tratándose entre ellos como “Julio” y “Marco”.  Esta amistad entre los dos titanes es, entre otras cosas, de lo que más bien logró Caldwell en la novela.
Pero sin duda lo mejor de la novela son las causas por las que tanto lucha Cicerón; sus discursos en contra del Estado megalómano y las leyes perversas son magistrales. En su amplia correspondencia con sus amigos, familiares y enemigos se esconde una filosofía que hace ver como un hombre de nuestro tiempo a aquél que vivió hace bastantes siglos.
Me llamó mucho la atención el desprecio que Cicerón muestra por los romanos de ocasión, hijos de aventureros que se acercaban a la poderosa Roma sólo por ser tal pero sin tener ningún vínculo con ella. Es evidente que allí se esconde una crítica de Caldwell a los norteamericanos hijos de emigrantes que en su tiempo desconocían hasta los nombres de los Padres Fundadores, porque ya en el prologo de la extensa novela nos avisa del parecido histórico entre la Republica romana y los Estados Unidos.
No es ésta una gran obra literaria, ya lo dije, su enorme extensión y el hecho de tener que apegarse fielmente a sucesos históricos provocaron que Caldwell cometiera errores, pero si la valoramos únicamente como obra filosófica su importancia es infinita.